miércoles, 24 de octubre de 2018

Metal Oscuro en papel

Es una sensación muy especial la que se tiene cuando por fin tienes una copia impresa de una obra propia en la mano. En cierto modo es ver el trabajo de mucho tiempo materializado. Como que todo ese esfuerzo ha tomado una forma concreta.


Con Metal Oscuro: El Manuscrito del Sol Rojo me he demorado un poco en pedir la versión de tapa blanda, pero finalmente lo he hecho y aquí está el resultado:


Se ha quedado en unas 514 páginas, principalmente porque la letra tiene un tamaño con el que se lee muy cómodamente.

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miércoles, 26 de septiembre de 2018

Metal Oscuro y El Navegante de la Eternidad Gratuitos entre los días 27 y 29 de septiembre

Las versiones Kindle de Metal Oscuro: El Manuscrito del Sol Rojo y El Navegante de la Eternidad estarán disponibles en Amazon de forma gratuita entre los días 27 y 29 de septiembre de 2018.

Si quieres hacerte con ellos puedes acceder a los siguentes enlaces:
Metal Oscuro: El Manuscrito del Sol Rojo
El Navegante de la Eternidad

¡Espero que los disfrutes!

Relato: El Hombre de la Camisa de Fuerza


Agujeros de gusano, Conciencia, espuma cuántica, Multiverso, psicones, sueños lúcidos, universos paralelos

Shanya miró confundida al hombre sentado frente a ella e inmovilizado con una camisa de fuerza. Después de todo lo que le habían contado sobre él, esperaba algo más impresionante. Sin embargo, ante ella se hallaba un pobre diablo de apariencia inofensiva, lo cual resultaba chocante si se tomaban en cuenta todos los permisos especiales y precauciones que había necesitado para que la entrevista tuviera lugar. Al parecer, la camisa de fuerza no debía ser suficiente, puesto que un fornido enfermero permanecía en pie detrás de él.
Lo que más llamaba la atención de aquel infeliz, era la ausencia de pelo en buena parte del lado izquierdo de su cráneo, justo en la zona en la que destacaba una cicatriz casi circular.
Soy Shanya Nawa —dijo a modo de presentación mientras tendía la mano. Rápidamente se dio cuenta de su error y la retiró.
Hola Shanya, espero que no te moleste que te tutee. No tomes a mal que no te estreche la mano —dijo señalando a si mismo con la barbilla—. Mis carceleros han pensado que así estaría más cómodo.
Shanya no supo muy bien cómo contestar. El hombre la contemplaba con una expresión entre familiar y divertida, una mirada que sin duda hubiera hecho sentir incómoda a cualquier otra persona, pero ella no era de las que se dejaban intimidar fácilmente, así que continuó con su ensayada presentación:
Trabajo para la revista “La Brújula del Misterio”. ¿Conoce esta publicación?
No. Es la primera vez que la oigo nombrar.
Me sorprende que no haya oído hablar de nosotros, se trata de una revista con tirada a nivel nacional.
En mi caso no es nada raro, dadas las circunstancias. ¿Y qué tipo de cuestiones suele tratar esa revista “tan importante” para la que trabaja?
Bueno, sobre todo temas relacionados con el misterio, ya sabe: parapsicología, ufología…
¿Y tú crees en esas cosas? —la interrumpió. Aquella pregunta sonó como retórica, casi como si él ya supiera la respuesta.
Pues…
El mundo está lleno de misterios, misterios reales que nos desafían desde la frontera del conocimiento, sin embargo las cosas que acabas de nombrar son misterios ficticios, creados por vendedores de humo…
Señor Likhati, no estoy aquí para discutir la veracidad de los temas sobre los que trata la revista para la que trabajo. Créame que me encantaría en otras circunstancias, pero no hay tiempo: Me han dado una hora para que lo entreviste.
Claro, mis disculpas. Llevo demasiado tiempo aquí atrapado, sin conversar con nadie. Mis carceleros no me dirigen la palabra, ni me permiten contacto alguno con otros reclusos.
Querrá decir internos. Esto no es una cárcel.
Llámala como quieras, yo estoy encerrado igualmente.
Estoy aquí para que me cuente su historia. Su versión de los hechos ha interesado a mi redactor jefe.
Algo habré hecho mal. No me deben tomar muy en serio cuando he atraído el interés de uno de los responsables de semejante publicación. ¿Qué es eso que ha interesado a su jefe?
Hasta donde yo sé, usted sufre una especie de amnesia, provocada por el balazo que recibió en la cabeza cuando le capturaron...
¿Amnesia? ¡Yo no tengo amnesia!
Pero afirma no recordar nada de lo que se le acusa.
Porque yo ni siquiera estaba allí. Los medios de comunicación han tergiversado todo.
¿No estaba allí? ¿Cómo puede negar eso? Incluso tiene la cicatriz.
Si te muestro mi punto de vista, debes prometerme que todo será publicado íntegramente y sin interpretaciones sesgadas. ¿Puedes garantizar estas condiciones?
Puedo, puesto que soy la responsable del artículo. A cambio me contará toda la verdad.
Es lo que siempre he hecho.
Por favor, comience por el principio, cuando esté listo. Si no le importa identifíquese para que quede registrado en la grabación.
Shanya sacó de su bolso una tablet y puso en marcha la aplicación que utilizaba para grabar notas de audio. El hombre comenzó su relato:
Mi nombre, como ya sabes, es Kiram Likhati. Desde hace más de seis años convivo… convivía con una mujer llamada Mara Dasianrta. Ambos somos investigadores. Ella es neurobióloga y yo, bueno, mi campo de estudio es la inteligencia artificial.
Sin embargo, las personas de su entorno afirman que usted vive solo desde que se divorció, hace ya ocho años. Dicen que es un tipo solitario que ni siquiera tiene amigos, y que no posee ningún tipo de formación, más allá de la educación primaria. A esto hay que añadir que en ninguna universidad del país consta su nombre, ni el de ninguna Mara Dasianrta.
Pues te aseguro que ella existe —mientras dijo esto miró de tal forma a Shanya que esta no pudo evitar estremecerse—. Respecto a mí formación, puedo asegurar que tengo varios doctorados, uno de ellos en ingeniería computacional, pero nadie se ha molestado siquiera en ponerme a prueba para darme la oportunidad de demostrarlo.
Es difícil creerle cuando ni siquiera existe semejante titulación. Pero continúe, intentaré interrumpirle lo menos posible.
Mara y yo estábamos obsesionados por encontrar el mismísimo origen de la consciencia, así como las causas más íntimas implicadas en la generación de esta. Comenzamos a trabajar con simulaciones, y en un principio pensamos que encontraríamos la respuesta aumentando paulatinamente la complejidad de los cerebros artificiales en estas simulaciones. Pero comprendimos que, por complejas que fueran las redes neuronales, las neuronas individuales de las simulaciones eran demasiado sencillas en comparación con sus equivalentes biológicas. Decidimos estudiar a estas últimas con todo detalle para poder emularlas con la máxima precisión en un entorno virtual, y así mejorar el funcionamiento de las redes de neuronas artificiales.
»Nos llevó un par de años de investigación darnos cuenta, pero al final descubrimos indicios de un campo que impregnaba toda la realidad, constituido por algo que bautizamos como “psicones”: unas entidades, o partículas elementales, por llamarlas de alguna forma, portadoras de la conciencia. Aquellos psicones eran tan pequeños que parecían completamente indetectables, sin embargo las neuronas biológicas parecían poseer cierta sensibilidad a este misterioso campo. Al menos daba la impresión de que los cerebros complejos eran sumideros donde se concentraban estas partículas.
»Descubrimos que algunos estados alterados de conciencia, provocados por determinadas drogas, podían afectar a la forma de interacción con dicho campo, haciendo que los psicones se desacoplaran de las neuronas, o que incluso estas se tornaran más receptivas.
Lo que me está contando, ¿tiene alguna relación con los hechos?
Si no cuento esto no tendré ninguna posibilidad de que nadie me comprenda, todos piensan que estoy loco o que soy un mentiroso que se quiere librar de la cárcel. Seguramente esta opinión no cambiará por mucho que cuente mi historia, pero al menos déjame intentarlo.
Es que no disponemos de tiempo para…
No me llevará mucho. ¿Sabes lo que son los agujeros de gusano?
Una especie de túneles que permiten viajar instantáneamente de un lado del espacio a otro.
Más o menos. ¿Y si te dijera que están por todas partes? El espacio-tiempo está plagado de ellos, constantemente aparecen y desaparecen. Lo que pasa es que son tan pequeños que nada puede atravesarlos, nada salvo cosas tan diminutas como los psicones. Pero ¿y si te dijera que estos agujeros de gusano no solo comunican distintos puntos del espacio-tiempo de este universo, sino que lo hacen con infinidad de universos?
¿A dónde quiere llegar?
Lo que quiero decir es que los psicones permean todo el multiverso, se mueven por la espuma cuántica portando información y formando estructuras que se rigen por una física desconocida, filtrándose por microagujeros de gusano, adhiriéndose a cerebros complejos, mediante un mecanismo neuronal que no llego a comprender del todo, y generando o alterando la consciencia en estos. A veces, en determinados estados alterados de conciencia, nos hacen captar información exótica, la mayoría de las veces a través de los sueños.
¿Puede demostrar lo que dice?
¿Cómo podría? Ni siquiera estoy seguro de haber interpretado bien los datos. Últimamente estoy barajando la idea de que el campo de psicones solo sea un eco de la reestructuración de la realidad en torno a la mente. Una realidad cuya naturaleza, más allá de lo que construye nuestro cerebro a través de unos limitados sentidos, es un verdadero misterio, yo diría que imposible de conocer.
Shanya detuvo la grabación y dijo:
Señor Likhati. Está usted divagando, solo suelta incoherencias y cosas sin sentido. ¿Por qué no me habla de los hechos de los que es responsable?
Se me acusa, pero no soy responsable. Por favor, déjame continuar.
Shanya hizo un gesto de resignación y reanudó la grabación.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Comencé a experimentar con determinadas mezclas de drogas y a utilizar ciertas técnicas de meditación. He dicho “comencé” y no “comenzamos”, porque Mara no quiso dar ese paso. Me dijo que aquello podía destruir la integridad de cualquier mente, trató de convencerme de que yo tampoco lo hiciera, pero mi curiosidad y avidez de conocimientos vencieron a mi sensatez.
»Al principio fue divertido, porque aquello me provocaba visiones y sueños lúcidos alucinantes. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais —al decir esto último sonrió como si hubiera hecho algún tipo de chiste que Shanya no llegó a comprender—. He visto mundos que sería incapaz de describirte.
»Los problemas llegaron cuando comenzaron a producirse cambios inexplicables a mi alrededor. Al principio no le di importancia porque eran cosas muy sutiles: un vaso de agua vacío sobre la mesita de noche, pero que a la mañana siguiente aparecía lleno como por arte de magia, cambios en la posición de los muebles de nuestra casa, cambios que yo notaba, pero que Mara juraba y perjuraba que no eran tales, ya que al parecer para ella los muebles habían estado así desde “siempre”. Amigos y conocidos que aparecían de la nada como si me conocieran de toda la vida, en fin, cosas de ese tipo.
¿A dónde quiere ir a parar?
Sé lo que debo parecerte ahora mismo, pero la verdad es que mi mente ha estado vagando a la deriva por el multiverso. Visitando versiones de la realidad en las que algunos hechos han sucedido de manera diferente. Lo que pasa es que los cambios nunca habían sido tan radicales como hasta ahora.
»Hace tiempo que dejé de experimentar, pero el daño ya estaba hecho: mi mente se ha desacoplado de su realidad original, y no sé qué hacer para detener esto. Un día desperté en la habitación de un hospital, con un terrible dolor de cabeza y rodeado de tipos armados y uniformados. Imagínate mi desconcierto cuando me acusaban de esos crímenes ¡A mí, que en mi vida he tenido una sola multa de aparcamiento! Desde entonces me han encerrado en diferentes lugares y no han parado de hacerme preguntas que no sé responder. Mira cómo me han atado para esta entrevista ¡No soy Hannibal Lecter!
No sé quién es ese, pero tanta precaución es debida a que, antes de ser capturado era el hombre más buscado del país: ha perpetrado una decena de asaltos en los que ha conseguido llevarse una fortuna. Durante el último atraco, antes de que lo abatieran de un certero tiro en la cabeza, intentó matar a todos los rehenes. Solo sobrevivió uno, aunque muy malherido. ¿No recuerda nada de eso?
Yo nunca he robado, ni he matado a nadie.
Ha asesinado a siete personas a sangre fría. Además, según el personal de esta institución, tiene tendencias autodestructivas: ya ha intentado suicidarse en dos ocasiones.
Porque todo esto me está enloqueciendo de verdad. ¡Créeme por un momento e intenta ponerte en mi lugar!
Pero la historia que me ha contado no tiene sentido. Ha inventado una coartada tan imposible de verificar como de desmentir, y de paso ha fingido ser un enfermo mental, aunque eso no le ha evitado el encierro.
Se hizo el silencio durante un breve instante, hasta que fue roto por Kiram.
Tú no eres periodista. ¿Por qué estás aquí?
Mi redactor jefe cree que a los lectores de la revista les puede interesar esas chorradas que usted cuenta.
Mara, eres una pésima actriz. Al principio de la entrevista pensé que no me reconocías porque en esta realidad no nos habíamos encontrado, pero ahora veo que estás fingiendo. ¿Es verdad que no me conoces? —Kiram pareció sufrir una especie de ataque nervioso.
¿Por qué me llama así? Le he dicho que mi nombre es Shanya. Hasta hace unos minutos usted y yo no nos habíamos visto nunca.
El enfermero, que hasta ese momento había permanecido inmóvil tras él, le inyectó algo en el cuello. En unos segundos, Kiram se relajó hasta casi perder la consciencia.
Hemos compartido seis años juntos —Kiram levantó la mirada con dificultad, mostrando un semblante cansado y afligido—. Ya veo que me equivoco, que tú eres otra versión de ella y que la Mara que yo conocí no está en este mundo.
Shanya se dirigió al enfermero:
¿Puede dejarnos a solas?
Lo siento —contestó este—. No creo que sea buena idea.
¡Vamos! Tiene una camisa de fuerza y está drogado. Además, el director me dijo que podía hablar a solas con él si así lo deseaba.
El enfermero abandonó la habitación con cierto recelo. Cuando cerró la puerta, Shanya se acercó a Kiram y lo besó en los labios. Él no dijo nada, pero su expresión de sorpresa demandaba una explicación.
¡Casi me engañas! —dijo ella mientras desabrochaba las correas de la camisa de fuerza—. ¡Menudo cuento! Por un momento hasta he pensado que te habías vuelto loco de verdad.
Kiram se terminó de quitar la camisa, no sin cierta dificultad, y mientras se frotaba las muñecas, casi inertes y dormidas, preguntó tímidamente:
¿Mara?
Nadie sospechó de mí como tu cómplice, por lo que ha sido arriesgado y no ha tenido ningún sentido que utilizaras el nombre de Mara en tus delirios. Pero da igual, al fin y al cabo ¿quién se iba a creer esas chorradas que cuentas?
Shanya tomó la mano de Kiram y la puso sobre la tablet con la que aparentemente había estado grabando la conversación.
¿Vas a sacarme de aquí? —preguntó él esperanzado.
Lo siento cariño —susurró ella sonriendo—. Solo quería tu huella para autorizar la transferencia desde tu cuenta de las Islas Thanaksni. A ti ya no te necesito.
¿Qué? —Kiram se incorporó, pero al intentar caminar hacia Shanya se desplomó, lo que le habían inyectado hacía cada vez más efecto—. ¿Quién eres tú? ¡Tú no eres mi Mara!
¡Vaya! ¡Por lo visto es verdad que no te acuerdas! Te refrescaré la memoria.
Desabrochó varios botones de su blusa, dejando ver una gran cicatriz en su pecho derecho.
Sí, éramos cómplices. Hasta que te cargaste a los rehenes y después, sin decir palabra, me disparaste a bocajarro. Pero sobreviví y, al no haber más testigos, la policía pensó que yo era una víctima más: el único rehén superviviente. Hicimos bien en mantener nuestra relación en secreto. Para tu información: Mara Dasianrta no existe, fue un nombre falso que inventé cuando nos conocimos. Tal como pensamos, si cogían a uno, el otro estaría a salvo mientras el capturado no se fuera de la lengua. Todo se basaba en la confianza mutua, por eso me dolió tanto tu traición. ¿De verdad es tan importante para ti el dinero?
Pero ese tipo no era yo, es una versión muy deformada de mí. ¡Yo nunca te haría daño!
Kiram trató de incorporarse sin éxito. Shanya se inclinó y le dijo al oído:
Es posible que esa bala te haya hecho creer que eres otra persona, pero para mí sigues siendo el mismo que me traicionó —a continuación se incorporó y gritó— ¡Socorro! ¡Se ha soltado!
No tardaron en acudir dos enfermeros que lo ayudaron a levantarse para, a continuación, volver a ponerle la camisa de fuerza.
Mientras, Shanya abandonaba aquella siniestra habitación con desconsuelo, para dirigirse a la salida de aquel lugar, un lugar que no volvería a visitar jamás.
Por un momento se planteó si había algo real en lo que contaba aquel pobre tarado. Un amago de compasión pasó fugaz por su mente, pero lo descartó en cuanto sus pensamientos se enfocaron hacia el futuro.
Para ella comenzaba una nueva vida.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Principio del relato "El Devakalión". Incluido en la antología "Susurros de otros Tiempos"

 

1. Despertar

«Frío» fue la primera palabra que Darío pronunció al abrir los ojos.
Había dejado la ventana abierta antes de acostarse, ya que aquel mes de julio estaba siendo especialmente caluroso. Su primer impulso fue levantarse con la intención de cerrarla, pero comprobó con cierta estupefacción que ya lo estaba.
«Qué raro» se dijo. Entonces reparó, no solo en que llevaba puesto un pijama de invierno, sino en que estaba cubierto con una manta. Aquello lo asustó, ya que la noche anterior sin duda estaba desnudo en el momento en el que se durmió. Además, ¿qué hacía tan abrigado en pleno julio? Y para colmo sintiendo frío.
¿Y dónde estaba Sonia? Había pasado la noche con ella, lo cual le hacía volver a la incongruencia de haber despertado vestido y solo.
No hacía mucho que conocía a Sonia, pero se había enamorado locamente de ella. Y aunque nunca dejaba de viajar, últimamente había visitado aquella ciudad con más frecuencia de lo normal, tan solo con la intención de pasar más tiempo con ella. En realidad era la tercera cita que tenían, pero aquella había sido la primera noche que acabaron en la cama, una noche en la que Sonia había hecho unas confesiones sumamente misteriosas.
Levantó la persiana para que la luz matinal penetrara en la habitación, y en ese instante la visión de la calle hizo que sus ojos se abrieran como platos: «¿Qué prodigio es este?»
Toda la calle estaba cubierta por un inmaculado manto de nieve.
Durante varios minutos contempló una escena imposible en aquella época del año. Pero este hecho, que fue el que más lo sorprendió en un principio, pasó para él a un segundo plano cuando reparó en que no sabía qué calle era aquella. Se percató de que tampoco estaba en la habitación del hotel en la que se había acostado, era evidente que aquello ni siquiera era un hotel.
Después se fijó en la manera de vestir de la gente que paseaba por la calle y en los vehículos que circulaban por esta: no fue capaz de reconocer ni un solo modelo y todos tenían una forma que se le antojó cuanto menos sorprendente. Aquella ventana era como una pantalla que mostraba un mundo deformado.
Ahora que la luz había inundado la habitación, descubrió un libro sobre la mesita de noche: «Las Puertas de Anubis», de un tal Tim Powers. No recordaba haber leído aquel libro, ni siquiera había oído hablar de él o de su autor. Sin embargo le pertenecía, ya que al hojearlo descubrió en la primera página su propio nombre escrito de su puño y letra. Desde que era un niño había tenido la costumbre de poner su nombre en la primera página de todos los libros que le regalaban o que compraba, y este lo tenía, pero era incapaz de recordar siquiera la existencia de semejante título.
Registró el cajón de la mesita de noche. Él siempre guardaba paquetes de tabaco en los cajones de las mesitas de noche, pero estaba vacío. Al parecer el contenido, aparentemente unas mudas de ropa interior, estaba esparcido por el suelo de forma azarosa. Se sentó abatido en la cama.
No tardó en ponerse en pie con intención de dirigirse hacia la puerta. Si quería comprender lo que estaba pasando no conseguiría nada sentado en una cama lamentándose.
Entre la ropa que había esparcida por la habitación encontró un abrigo y un par de zapatos que no reconoció, pero que sin duda eran de su talla. Y aunque estas prendas no eran gran cosa, le parecieron más que suficientes para vestirse y salir.
Cuando caminaba por un pasillo, buscando la salida de aquel piso desconocido, comprobó que todo estaba patas arriba, como si un huracán hubiera penetrado en el interior de la vivienda, haciendo que papeles, prendas de vestir y otros objetos fueran lanzados de forma caótica. Entonces pasó por delante de la puerta de un cuarto de baño y vio algo que hizo que se detuviera horrorizado: todo el suelo estaba teñido de rojo y las paredes salpicadas de manchas purpúreas. En el suelo yacía el cuerpo sin vida de una mujer y en el espejo del lavabo, escrito con sangre y con caracteres toscos pero legibles, la palabra «FAWKARAN».
Sintió tal conmoción que se giró rápidamente y se quedó pegado a la pared contigua a la puerta que daba paso a tan dantesco espectáculo.
¿Era Sonia? ¿Quién iba a ser si no? La simple idea le provocaba un irrefrenable impulso de llorar amargamente. Por otro lado él no estaba en el lugar en el que debería estar, así que ¿por qué iba a ser Sonia? Durante un breve instante consideró la idea de asomarse, con la vaga esperanza de que no fuera ella, pero solo pensarlo le provocó náuseas. Sería incapaz de volver a mirar, tan solo aquella fugaz visión se quedaría marcada en su cerebro para el resto de sus días.
¿Qué hacer? No tenía ni idea sobre por qué había despertado en un piso desconocido, que parecía haber sido registrado en cada rincón, y donde había un cadáver que quizás pertenecía a la mujer con la que había pasado la noche. Pensó en llamar a la policía, pero ¿qué explicación podía dar de aquello? ¿Pensarían que había sido él?
Finalmente se dirigió a la salida y atravesó el umbral, sospechando que el mundo que le esperaba en el exterior era mucho más extraño de lo que recordaba.

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martes, 14 de agosto de 2018

El Síndrome de Antikythera

NAMA Machine d'Anticythère 1

El descubrimiento.

Hace más de un año que tanto yo como los miembros de mi equipo guardamos silencio, quizás porque tememos que nos tomen por locos, quizás por miedo a que nos acusen de falsificadores o simplemente de mentirosos.
Me llamo Thalassa Kyrgiakos y me dedico a la arqueología, concretamente a la arqueología subacuática, así que también soy buzo profesional. Mi mayor debilidad siempre ha sido la búsqueda de antiguos naufragios. Cuando me sumerjo en las profundidades me siento como pez en el agua (nunca mejor dicho)
Como ya expresé más arriba, guardo silencio desde hace más o menos un año, época en la que estaba al frente de la tripulación de un buque de investigación, que recorría el Mediterráneo a la caza de restos de viejas galeras, ya fueran romanas, griegas o fenicias, hundidas y olvidadas en las profundidades desde la remota antigüedad.
Recuerdo que el día del hallazgo nos sumergimos el operador de cámara del equipo y yo.
La idea era filmar el lugar donde, a principios del siglo XX, se habían encontrado los restos de un naufragio, ocurrido unos dos mil años atrás, en los que se hallaron los deteriorados fragmentos del misterioso mecanismo de Anticitera. Un curioso anacronismo que los estudiosos consideraron como una sofisticada calculadora, fabricada con engranajes de bronce y cuya utilidad debió ser la de reloj astronómico, aparentemente de una precisión asombrosa. Poco más se sabía, se desconocía quién había sido su constructor y parte del mecanismo parecía haberse perdido. Por si fuera poco los restos hallados estaban muy dañados después de dos milenios bajo el mar.
Pero allí estábamos nosotros, dispuestos a filmar un documental para mostrar el lugar al mundo, aunque allí ya no hubiera gran cosa, ya que la mayoría de los hallazgos se encontraban ahora en el Museo Arqueológico de Atenas.
Poco hacía sospechar que ese día haríamos un nuevo descubrimiento que eclipsaría en importancia al que se llevó a cabo hacía ya más de un siglo.
El mar estaba en calma y el lugar no se ubicaba demasiado lejos de la costa, ni a una profundidad excesiva. Para nosotros aquello era una inmersión rutinaria y precisamente por eso la secuencia de acontecimientos que nos condujo al descubrimiento nos cogió por sorpresa. Aunque de no ser así difícilmente hubiéramos encontrado lo que encontramos.
Todo empezó cuando algo nos atacó. Ignoro desde dónde vino y cómo apareció, tampoco sé exactamente qué era, porque no llegué a verlo con total claridad. Sin duda se trataba de una especie de cefalópodo enorme, porque lo único que alcancé a distinguir fueron unos imponentes tentáculos que casi nos atrapan. Por desgracia la cámara quedó destrozada y poco faltó para que nosotros corriéramos la misma suerte.
La criatura prácticamente nos acorraló, consiguiendo que nos desorientáramos y que recorriéramos una distancia indeterminada, hasta una caverna submarina en la que por fin logramos encontrar refugio. Aquella bestia nos siguió a través de la oscura gruta, así que tuvimos que penetrar bastante hacia el interior para que nos dejara en paz.
Ahora que traigo a mi memoria los acontecimientos con cierto detalle, desconozco la razón por la que aquel ser desapareció tan rápido como apareció. En la excitación de la huida no llegué a calibrar el tamaño de la criatura, pero a sabiendas de la extrema flexibilidad de los cefalópodos, no me cabe duda de que no hubiera encontrado dificultad alguna en colarse, aunque solo fuera parcialmente, por cualquiera de los recovecos por los que pasamos. Así que supongo que algo debió de suceder para que nos abandonara sin más.
La cuestión es que allí mismo hicimos el gran descubrimiento.
Apuntamos con nuestras linternas hacia lo que parecía ser un gran objeto de bronce, casi esférico y muy deteriorado, de aproximadamente tres metros de diámetro. Al mirarlo con detenimiento reparé en que tenía unas grandes aberturas, similares a los ojos de buey de un submarino. Supongo que en su día habían estado cubiertas por algún tipo de vidrio o de compuertas, pero por ningún lado se veían señales de su existencia.
Me asomé por una de aquellas aberturas y comprobé que se trataba de una especie de cabina de control muy rudimentaria, con primitivas palancas y engranajes cubiertos de herrumbre, y que prácticamente habían perdido su forma original. Pero lo que más destacaba eran los restos de lo que en su momento debió haber sido un sillón y un esqueleto desmontado, al que le faltaban algunas partes, y sobre el que se podía distinguir una calavera con la mandíbula inferior ausente.
Junto al cráneo había un ánfora con el cuello sellado, pero he dicho ánfora porque fue a lo que me recordó la forma de aquella cosa en un primer momento. La realidad es que se trataba de un objeto desconocido, fabricado con algún material que, al contrario que el resto de todo lo que allí se conservaba, no parecía bronce, sino un metal que entonces no pude identificar y que estaba en perfecto estado de conservación. Este objeto fue el único que tomé, dejando lo demás con la idea de regresar con el equipo adecuado, con la intención de rescatar todo lo que pudiera de aquellos enigmáticos restos.
Y hasta aquí debo llegar con la narración de tan casual descubrimiento, todo lo demás serían detalles triviales que no vienen al caso y que aburrirían.
Cuando subimos a la superficie estábamos desorientados y habíamos perdido de vista tanto la costa como el buque, hasta el extremo de que tardaron una hora en rescatarnos.
Desgraciadamente todos mis intentos posteriores por regresar a aquella gruta misteriosa han sido infructuosos, así que las únicas pruebas de las que dispongo, por el momento, son el testimonio de mi operador de cámara y el mío propio... y por supuesto aquella insólita ánfora y su contenido, claro.
Una vez en el buque, después de comer algo y descansar, me dispuse a examinar aquel artefacto. Curiosamente en cuanto lo toqué se abrió el sello de la abertura, que resultó ser una especie de diafragma. Es curioso que, pudiendo desplegarse con tanta facilidad, permaneciera cerrado durante el transporte. La única explicación que se me ocurre es que el sistema de apertura no funcionaba bajo el agua. Apenas se abrió, por el cuello asomó algo, como si algún mecanismo interior lo expulsara con suavidad. Miré con detenimiento y reconocí lo que parecía ser un rollo de papiro en perfecto estado de conservación.
Y he aquí el extraordinario descubrimiento. Debo reconocer que, en cuanto lo leí, pensé que era una broma, pero evidentemente no lo es. Yo misma pude ver aquellos restos y recogí el recipiente. Para colmo las distintas pruebas de datación cronológica, las cuales se han repetido varias veces y en diferentes laboratorios, arrojan sobre el papiro una antigüedad de más de dos mil años.
Ante mí tenía un manuscrito con una grafía que indudablemente pertenecía al griego antiguo, pero al mirarlo con detenimiento distinguí algunas palabras escritas con caracteres latinos modernos. Esto de por sí ya era bastante raro, pero había más. Lo realmente fantástico es que esos caracteres latinos formaban palabras que eran claramente actuales, por lo tanto anacrónicas para la época en que supuestamente fue escrito, y que lógicamente no tenían traducción ni equivalencia en las lenguas de la antigüedad.
Lo único que me queda por hacer es transcribir aquí una traducción del manuscrito para que cada cual juzgue su contenido, aun a riesgo, como ya dije al principio, de que me tomen por una demente o de que me acusen de fraude.

El Manuscrito.

El fin es inevitable. Muero lentamente, me quedo sin oxígeno, así que debo aprovechar el tiempo para escribir, para dejar constancia de mi increíble historia.
Antes que nada, para evitar malentendidos, aclarar que no soy un navegante, al menos no del mar. Supongo que sería la explicación más sencilla si has encontrado este escrito dentro de mi cabina de control, hundida ahora en el océano, y la explicación más sencilla es la más probable, pero no inevitablemente la verdadera (sí, conozco la navaja de Ockham)
Como decía, no soy un marino, sino un viajero del tiempo atrapado a causa de un desgraciado accidente. No quiero empezar la historia por el final, tan solo diré que ahora me encuentro en el año 211 de la Era Seléucida (lo que es lo mismo que el 844 Anno Urbis Conditae o el –90 de la Era Cristiana, como prefieras)
Mi llegada a esta época fue precipitada, digamos que no fijé las coordenadas con suficiente precisión, por lo que fui a parar cerca de la isla de Ogylos, futura Anticitera, con la mala suerte de estrellarme contra una galera que navegaba por ese punto. En el impacto perdí una parte vital del mecanismo: un preciso reloj astronómico que me permite fijar el punto espacio–temporal al que quiero viajar. Así que me hundo en las profundidades del Mediterráneo sin posibilidad de controlar este artilugio infernal, que ahora se convertirá en mi tumba.
Seguramente te harás preguntas sobre mi origen. Pues bien, hace ya muchos años que nací en Siracusa, entonces la ciudad más importante de Sikelia, lugar que tal vez hayas oído nombrar como Sicilia. Posiblemente te suene el nombre de Arquímedes. ¡Qué locura! ¿verdad? Si sabes algo de Historia pensarás: “¿pero no lo mataron los romanos en el asedio de Siracusa?”. Bueno, sobre eso hablaré en su momento, no voy a adelantar acontecimientos, prefiero llevar un orden en la narración.
Construí mi máquina del tiempo, a la que prefiero llamar artilugio de Cronos, entre los años –214 y –212 (creo que será menos confuso si a partir de ahora uso la numeración de la Era Cristiana) ¿Que cómo inventé algo así en una época tan primitiva, tecnológicamente hablando? Pues, para empezar, yo no inventé nada, solo seguí mis propias instrucciones. Me explico:
Supongo que conoces todo eso que se ha escrito sobre mí: lo de “Eureka”, lo de “mover el mundo con un punto de apoyo”. Pues es verdad... aunque solo en parte. Por ejemplo, cuando encontré la solución al problema que me propuso Hierón, ya sabes eso de la corona de oro, cierto es que estaba reflexionando mientras disfrutaba de un baño, y estaba a punto de darme por vencido. Pero entonces, y esto es lo increíble, me vi a mí mismo entrar por la puerta. Puedes imaginar lo que pasó a continuación: ¡Me llevé tal susto que salí corriendo por la calle desnudo y pidiendo auxilio! Lo de Eureka lo dije más tarde, cuando después de calmarme volví a casa y comprobé que mi alter ego me había dejado un papiro en el que me explicaba el “principio de Arquímedes”.
Si perteneces a tiempos posteriores a la última década del siglo XIX, época en la que el hispano Enrique Gaspar y Rimbau escribió la primera obra moderna y conocida en la que se habla de una máquina del tiempo (el señor Wells, al que tuve el honor de conocer en alguno de mis cronoviajes, la popularizó, pero no fue el primero), ya habrás comprendido que aquel que me sorprendió en el baño era una versión de mí mismo, llegada desde el futuro. Aunque, como es lógico, entonces yo no lo sabía.
Así que todo lo que inventé, todo lo que descubrí, fue información que yo mismo me entregué a lo largo de los años. ¿Que cuál fue el origen de dicha información? Ni idea, no parece tener origen, forma un bucle en la dimensión temporal, aparentemente sin haber sido generada. Ignoro la solución de semejante paradoja. Tal vez en un universo paralelo haya un Arquímedes que inventó de verdad todo eso y, al viajar y darse información a sí mismo, generó esta extraña línea temporal. Alguien dijo que el multiverso es un inmenso plagio de sí mismo, pero ahora no recuerdo quién.
Volviendo a la historia que nos ocupa. Tres años antes de mi supuesta muerte a manos de los romanos, volví a recibir varias visitas de mi yo futuro, esta vez avisándome de lo que iba a ocurrir durante el asedio.
Según me dije, la forma de escapar era construir un artefacto de Cronos, pero como eso requeriría algún tiempo, me tendría que ayudar de otros artilugios para retrasar la invasión romana. Así que durante esas visitas me fui entregando todo tipo de instrucciones, ayudándome a mi mismo a fabricar tanto el artefacto de Cronos como las máquinas destinadas a hacerles a los romanos más duro el asedio.
Y mientras construía escribí un tratado en el que anotaba todos los detalles de su fabricación, ya que la información que me autoentregué desde el futuro fue oral y un poco desordenada. La idea era proporcionarme el tratado a mí mismo para facilitarme las cosas, pero no sé cómo, el manuscrito se perdió dos días antes de tener la máquina lista. Creo que apareció unos años después en la gran biblioteca de Alejandría. Desgraciadamente se quemó con esta, como tantas otras cosas.
El día que los romanos tomaron Siracusa el artefacto ya estaba preparado. Cuando el primer legionario llegó, yo estaba en el interior de la máquina. Le dije: “¡Adiós muchacho!” (no sé quién se inventó que dije no sé qué de unos círculos), cerré la compuerta y me lancé a mi primer viaje en el tiempo.
Creo que los romanos me querían vivo y, como no pudieron capturarme, debo suponer que se inventaron lo de mi muerte, con el fin de ocultar que escapé delante de sus narices, o tal vez me confundieron con alguno de los pobres diablos a los que mataron durante el asedio.
¿Adónde fui? Detallar todo lo que hice me llevaría escribir varias decenas de libros, e irónicamente el tiempo se me agota. Así pues solo diré que viajé al futuro y que conocí todas las eras de la humanidad, y por supuesto que fui al pasado para entregarme a mí mismo toda la información sobre mis descubrimientos y sobre la construcción del artilugio de Cronos, para salvarme llegado el momento.
Mis viajes fueron largos e incontables. Conocí la Historia de la humanidad desde distintos ángulos e incluso influí en ella. Dispuse de mucho tiempo para aprender, porque aunque era un anciano cuando inicié mis viajes en el tiempo, parece ser que estar dentro de la máquina tiene un ligero efecto rejuvenecedor, que se acrecienta con su uso y que concede una inexplicable longevidad. Es difícil de saber, pero según mi propio cómputo de tiempo personal debo tener más de doscientos años, sin embargo ahora me siento como si tuviera unos cincuenta, o quizás menos.
Y ahora voy al quid de la cuestión del accidente. Cuando llegué al año 2013, descubrí que la civilización se había desmoronado por culpa de alguna gran catástrofe planetaria. Viajé un año atrás, a 2012 para investigar la causa, que no fue otra que una serie de profecías ficticias y absurdas que, sumadas a la insensatez de una grave crisis económica, provocaron una paranoia colectiva, además de enloquecer a determinados círculos de fundamentalistas. Lo peor fue que antes de finales de 2012 un grupo extremadamente peligroso había urdido una conspiración mundial y se había hecho con una nueva arma, tan terrible que era capaz de provocar un verdadero Apocalipsis.
Investigué a conciencia a este grupo. Sé que lo siguiente sonará raro, pero el artilugio de Cronos me permitía este tipo de contradicciones y aun cosas más extrañas, a lo que voy: me llevó años vigilar lo que sucedía en cuestión de unos meses.
Lo que descubrí fue en verdad inquietante. Los integrantes de este grupo, que en realidad era una especie de sociedad secreta, se llamaban a sí mismos los “Restauratori” y creían que el Apocalipsis debía cumplirse a través de ellos, que eran los instrumentos de Dios. Después este los resucitaría y ellos heredarían la Tierra.
Hasta entonces no habían actuado, o por lo menos no habían reivindicado nada, porque solo esperaban actuar una vez, dando un solo golpe brutal que acabaría con un mundo degenerado (entiéndase que para ellos la degeneración era la libertad y la democracia).
Descubrí que su organización tenía una estructura piramidal. La base de su jerarquía estaba constituida por gentes que ni siquiera conocían de la existencia del grupo y mucho menos que trabajaban para este. Normalmente eran individuos o colectivos que actuaban movidos por ideologías que tenían fines que beneficiaban a los “Restauratori”, los cuales los patrocinaban desde la sombra. Esto incluía grandes medios de comunicación, algunos grupos religiosos e incluso determinados partidos políticos.
Por encima de todos estos colectivos estaban los fanáticos, los que conocían la causa y creían en esta de verdad, los que actuaban y ejecutaban las acciones necesarias, digamos que eran los brazos de la élite del grupo. Estos, al igual que los anteriores, eran sacrificables y de hecho serían sacrificados si se lograban los objetivos.
Por último, en la punta de la pirámide, estaba la élite: los que tenían embaucados a todos los demás y manejaban los hilos desde la sombra, sin actuar nunca directamente. Eran los únicos conocedores de la existencia de un macrorrefugio subterráneo en el que sobrevivirían solo ellos durante varias generaciones, hasta que la Tierra estuviera preparada para ser de nuevo habitada. Estos últimos sabían que sobrevivirían al Apocalipsis, pero no por intervención divina.
Lo peor es que estaban infiltrados en estamentos de gran poder económico hasta un nivel inimaginable. Como preámbulo a la gran catástrofe que se avecinaba en 2012 habían inventado una crisis económica a nivel mundial, con la idea de crear un descontento tan profundo que provocaría los convenientes cambios de gobierno en la mayoría de los países. Así fueron dando golpes de estado encubiertos, y la cosa les salió bien, ya que para principios del año 2012 casi todos los gobiernos de occidente habían caído bajo su control.
Ya solo les quedaba el golpe definitivo, el arma del Armagedón. Si eres un lector perteneciente a la segunda mitad del siglo XX o principios del XXI pensarás sin duda en un arma de fusión nuclear, pero no, eso hubiera devastado una metrópolis, provocando una terrible tragedia y otras consecuencias que hubieran alterado el equilibrio planetario, pero la civilización no hubiera desaparecido.
La cosa era peor. Resulta que en 2012 no solo se demostró definitivamente la existencia del bosón de Higgs, sino que alguien logró utilizarlo para manipular la masa. El arma en cuestión era capaz de concentrar masa en un punto, hasta el extremo de generar un agujero negro que duraba menos de un segundo. No era lo bastante grande como para tragarse al planeta entero, pero sí como para absorber buena parte de la atmósfera y de la corteza, provocando una catástrofe planetaria equivalente a la detonación de varios cientos de millones de bombas de hidrógeno.
Me costó averiguar el lugar y momento exacto de detonación del arma. Pero, en cuanto lo hice, tomé la decisión de robar el artefacto, que era poco más grande que un pequeño mueble, y llevarlo a una época en la que no pudiera hacer daño a la humanidad.
No comprendo muy bien cómo encajaba en el plan de los “Restauratori” provocar una debacle económica antes de la aniquilación final. Posiblemente necesitan el poder para mover los hilos adecuados, con el fin de que el desarrollo de la ciencia permitiera la fabricación de un arma de tal magnitud, y puede que también para crear un refugio tan grande como una ciudad mediana y cuya construcción parece estar relacionada con la desaparición de miles de personas en todo el mundo. Aun así creo que las ramificaciones de este asunto son demasiado complejas para mí, sobre todo en estos últimos momentos en los que la anoxia comienza a hacer estragos en mi cerebro.
Al final todo el asunto me horrorizó tanto que actué de una forma contundente, pero un tanto irreflexiva... Y cometí un error fatal ¿Cuál? Pues llegar solo unos minutos antes de la detonación, sin pensar que uno de aquellos fanáticos custodiaba el artefacto, dispuesto a morir para que se “cumplieran” las profecías. Después de una lucha, en la que casi pierdo la vida, conseguí dejar al individuo fuera de combate, antes de empujar el arma hasta el artilugio de Cronos. Pero apenas disponía de un minuto, así que calibré las coordenadas con la idea de alejarme hasta una época muy remota. Digamos que la máquina funcionaba con un conjunto de engranajes que me permitían fijar con precisión el punto de destino en el espacio–tiempo, y que se manejaba por un sistema de palancas, así que manipulé sin mucha delicadeza las que servían para controlar la distancia temporal.
Supongo que lo ideal hubiera sido ir a un planeta lejano (planeta en el sentido astronómico, no en el de mi lengua natal), pero ¿cómo iba a abrir la cabina para empujar el artefacto en un lugar en el que no se podía respirar? Si iba al futuro podría destruir una humanidad ulterior, así que fui a un pasado muy remoto, sin meditar demasiado sobre las consecuencias de lo que hacía.
Si sabes algo de historia natural te podrás imaginar lo que ocasioné. Resulta que lancé aquello en el Cretácico Superior, provocando la famosa extinción masiva en la que desaparecieron los dinosaurios, dejando vía libre a los primitivos mamíferos. Así que si lo piensas bien aquel artefacto de destrucción en último término fue el creador de la humanidad. Irónicamente nuestro mundo de mamíferos es una paradoja creada por otra paradoja (me refiero a mi artilugio de Cronos, claro), el instrumento del Apocalipsis se convirtió en la semilla del génesis.
Pero sucedió que cuando lancé el aparato infernal apenas quedaban dos segundos para que detonara, así que fijé las coordenadas muy rápidamente para escapar.
El resto ya lo conoces, llegué a este año –90 impactando contra una galera, y perdiendo una parte vital del mecanismo del artilugio de Cronos... Si alguien descubre ese fragmento desprendido y no encuentra el resto de la máquina, ni este manuscrito, se devanará los sesos tratando de descifrar el misterio.
Y puede que de momento haya salvado a la humanidad, puede que gracias a mí esta continúe más allá de 2012, pero los “Restauratori” seguirán allí y volverán a intentarlo. Creo que no llegaron a saber de mi existencia, así que quizás piensen que su arma falló, pero persistirán en su empeño, a no ser que antes la humanidad despierte de su letargo, que el mundo reaccione y se produzca una nueva revolución que les arrebate el poder.
Creo que empiezo a delirar... se me acaba del todo el oxígeno. Pero antes de morir dejo escrita una última paradoja, o más bien una broma, cortesía del propio Cronos, y es que a pesar de haber salvado (incluso creado diría yo) a la humanidad no podré eludir mi propio fin.
Pero he vivido bastante, y en estos últimos momentos, a pesar de la asfixia, no puedo evitar una sonrisa irónica. Podría decirse que me he dado un punto de apoyo y he movido el mundo...

jueves, 9 de agosto de 2018

Relato. La Noche en la que el Mundo Desapareció


La Noche en la que el Mundo desapareció, Teletransporte, Universos paralelos, Multiverso, Sueños lúcidos, sueños compartidos

LA NOCHE EN LA QUE EL MUNDO DESAPARECIÓ
Alterna la lucidez del Paraíso Con la noche profunda, plena de terrores.
Goethe
La noche profunda y eterna, siempre eterna...
Acabo de llegar a lo que parece un pequeño pueblo, pero todo permanece igual, sea cual sea mi destino invariablemente me acompañan el silencio y la oscuridad.
A pesar de que algunas luces artificiales resplandecen, sin ningún control y sin ninguna explicación, el resto del mundo está envuelto en unas profundas y desesperantes tinieblas. Pero lo peor es el cielo, este cielo oscuro en el que no se distingue absolutamente nada, ni sol, ni luna, ni estrellas, ni siquiera las estriaciones de alguna nube, por extraño que parezca no hay nubes, mirar al cielo significa enfrentarse cara a cara con el más sobrecogedor e inquietante vacío, es como contemplar una monstruosa mina a cielo abierto y sin fondo a la que a alguna deidad con un macabro sentido del humor se le hubiera ocurrido colocar bocabajo sobre la cabeza de los mortales.
A pesar de todo las luces de las farolas y las de algunas ventanas hacen de este pueblo un oasis de luz perdido en esta eterna noche.
Escribo para no enloquecer, este cuaderno y este trozo de lápiz son lo único que mantienen mi cordura, si es que alguna vez llegué a tenerla.
Hace tiempo, no podría precisar cuánto, ya que aquí no hay manera de saberlo al no existir el día ni la noche, llevaba una vida más o menos normal.
Por cierto, mi nombre era... es... Casandra, hace tanto tiempo que nadie lo pronuncia que casi he olvidado que tengo un nombre.
Cuando todo pasó tenía veintiséis años, no sé cuántos tengo ahora, las veces que he encontrado espejos en mi camino no he conseguido que mi reflejo en estos cambie, a veces creo que han transcurrido veinte o treinta años, pero cuando paso delante de uno de esos endemoniados artilugios veo el mismo rostro con el mismo maquillaje, así que tal vez solo hayan pasado unas horas, unos días...
Aún era estudiante universitaria, de física creo. Sé que con esa edad podía haber acabado la carrera algunos años antes, pero al hecho de que nunca he sido una lumbrera debéis sumar que no disponía de demasiado tiempo para estudiar, ya que tenía que trabajar para pagarme el alquiler, los estudios y algún que otro bocadillo con el que alimentarme cuando mi horario me lo permitía.
Era la noche del 20 de julio de 1991, yo trabajaba los fines de semana sirviendo copas en un pub y aquella noche, especialmente calurosa, el local estaba lleno a rebosar. A pesar de que el aparato de aire acondicionado funcionaba a la perfección estaba empapada en sudor. Aquella noche me encontraba especialmente mal, entonces se lo achaqué a la parte del ciclo menstrual en la que me encontraba, ahora no sé qué pensar.
La cuestión es que me dirigí a la parte trasera del local, donde había un servicio que solo usábamos Cati, mi compañera de trabajo, y yo. Me retoqué el maquillaje como pude frente al deteriorado espejo que colgaba torcido en una de las enmohecidas paredes y miré el reloj comprobando que eran exactamente las 00:07, así que saqué un cigarrillo con la intención de encenderlo.
En ese instante me extrañó que la atronadora música, que incluso allí podía escucharse con un volumen considerable, se detuviera repentinamente, pero no le di mayor importancia, así que volví al cigarrillo advirtiendo con una cierta frustración que mi mechero no funcionaba, por lo que después de varios intentos salí del servicio para pedirle fuego a Cati o al primer cliente que se me cruzara.
Cuando volví a la barra quedé completamente petrificada al comprobar que no había absolutamente nadie, tanto Cati como las decenas de clientes que llenaban el local hacía tan solo unos minutos habían desaparecido. A pesar de todo las luces seguían encendidas, muchas copas estaban llenas, otras en el suelo rotas donde también humeaban algunos cigarrillos. Pero lo que más me extrañó fue ver todas las prendas de vestir que se distribuían de forma más o menos azarosa por el suelo y el mobiliario del recinto.
Primero pensé que el local había sido evacuado por alguna emergencia, pero ¿qué emergencia haría necesario que los clientes se despojaran de su ropa antes de salir? Ese pensamiento me hizo llegar a la momentánea conclusión de que se trataba de algún tipo de broma muy elaborada, aunque dudaba que alguien se pudiera tomar tantas molestias solo para gastarme una broma.
Cuando salí al exterior seguí sin ver a nadie, a pesar de que el local se encontraba en una calle muy transitada, sobre todo los fines de semana por la noche.
No podía tratarse de una broma, no de semejante envergadura...
Por las aceras se distribuían aquí y allá diferentes tipos de prendas de vestir. En cuanto al tráfico rodado simplemente había quedado detenido, no había motores en marcha, solo los faros permanecían encendidos, como ojos de bestias desconocidas acechando en la oscuridad.
Miré en el interior de los vehículos que se mantenían inmóviles en mitad de la calzada con las luces encendidas y vi las ropas de sus ocupantes, pero no había el menor rastro de sus cuerpos.
Lo único que recuerdo de aquellos momentos es una frenética desesperación que me llevó a correr por las calles buscando a alguien, vi varios autobuses con el interior iluminado y que desde el exterior parecían estar vacíos, forcé la puerta de uno de ellos y entré, pero solo había ropas abandonadas sobre algunos asientos.
El auricular del teléfono de una cabina colgaba inerte sobre lo que parecía ser un vestido caído de forma descuidada en el suelo. Tomé el aparato y escuché, pero no reconocí aquel insólito sonido: una especie de zumbido muy constante, sin cambios ni alteraciones de ningún tipo. Introduje algunas monedas y pulsé el colgador para llamar a algún conocido, pero por más que lo intenté no conseguía oír nada más allá de aquel inquietante ruido.
Miré hacia el escaparate de una tienda de electrodomésticos en el que había varios aparatos de televisión encendidos que mostraban el rostro de una presentadora, pero eran imágenes completamente paralizadas, ni siquiera se apreciaba parpadeo o niebla. Algunas bandas horizontales cubrían parte de las pantallas, pero eran completamente estáticas. La sensación que recibí al mirar hacia el escaparate era la de que se trataba de una fotografía de este.
Continué corriendo por las calles mientras gritaba: “¿Hay alguien?” Pero el silencio era aterrador, insoportable, de hecho ni siquiera el eco me respondía, la sensación era espeluznante, y no mejoró cuando después de correr durante un buen rato llegué a un parque por el que pasaba a diario.
Lo que mis enrojecidos ojos contemplaron hizo que me desplomara sobre mis rodillas y que llorara como hacía años que no lo hacía: todo, absolutamente todo lo que estaba vivo se había esfumado, en lugares en los que hacía pocas horas yo misma había visto un tupido césped ahora solo podía ver tierra seca. También los arbustos habían desaparecido, sin embargo de los árboles permanecían en pie los troncos principales y las ramas más gruesas, de las más delgadas y de las hojas no quedaba el menor rastro: aquellos vegetales se habían convertido en una especie de macabros esqueletos que se alzaban como sombras de espectros amenazantes.
***
Andrea levantó la vista del manuscrito y lo puso sobre la mesita de noche mientras estiraba los brazos perezosamente.
—Entretenido —dijo—, pero no me parece muy original la idea de que alguien se quede solo en el mundo después de una catástrofe, es algo muy trillado, ahora mismo podría citarte por lo menos cuatro películas en las que pasaba algo así.
Mientras ella leía yo la contemplaba echado de costado, con el codo sobre la almohada. Después de casi un año de relación era la primera vez que dejaba que Andrea leyera uno de mis delirios. Normalmente mi timidez me impedía mostrar a nadie los desvaríos que garabateaba en aquel cuaderno, pero en aquella ocasión rompí la norma debido a su insistencia.
—Bueno —dije—, la originalidad está sobrevalorada, además no creo que esa sea la cuestión del relato. ¿Qué te hace suponer que hay una catástrofe de por medio?
—Da la impresión de que todos se han desintegrado. ¿Por qué sino iban a quedar solo las ropas?
—Las impresiones a veces son una forma de autoengaño.
—¿Y por qué esa fecha? ¿Por qué 1991?
—No sé, una fecha cualquiera.
—No es una fecha cualquiera, hoy es 20 de julio, es decir, has situado la historia exactamente veinte años en el pasado.
—No he caído en eso, supongo que he puesto esa fecha de manera inconsciente.
—Seguiré leyendo un poco más, y más tarde si te apetece bajaremos a tomarnos un café antes de ir un rato a tostarnos a la playa.
***
Creo que permanecí varias horas contemplando aquella macabra parodia de jardín, o tal vez fueron unos minutos. Por mi mente pasaron todo tipo de extrañas ideas, desde que aquello era una pesadilla de la que no podía despertar, hasta que había sobrevivido por alguna extraña broma del destino a algún tipo de mortífera arma de destrucción masiva. Incluso llegué a pensar que estaba muerta y que me arrastraba por una desconocida dimensión de ultratumba, una especie de paródico reflejo del mundo de los vivos.
Cuando paseé la vista accidentalmente por mi reloj casi no me sorprendió ver los mismos dígitos: 00:07. ¿Se había parado el tiempo? Pero idiota de mí, ¿cómo se va a parar el tiempo? Simplemente es que todo parecía haber dejado de funcionar, todo lo que era mecánico o eléctrico... sin embargo siendo así no tenía ninguna lógica que las luces permanecieran encendidas. ¿Tenía la luz algo que ver en todo esto, o es que sencillamente la lógica también había dejado de funcionar?
Me puse en pie y comencé a caminar sin tener claro hacia dónde ir. Pensé en la posibilidad de que esto solo hubiera pasado en la ciudad en la que me encontraba. En aquellos momentos me pareció buena idea dirigirme hacia el paseo marítimo, que no se encontraba demasiado lejos de la zona por la que caminaba, para intentar divisar las luces de algún barco, aunque fuera en la lejanía.
Durante el corto trayecto hasta la costa no encontré ni un solo ser vivo, ni siquiera un cadáver, salvo los de los árboles, que permanecían allí como retorcidas garras de inmensos monstruos que habían perecido afanados en salir de las profundidades de la Tierra.
Lo cierto es que a pesar de hallarme completamente sumergida en semejante locura no estaba preparada para lo que iba a encontrar.
Cuando alcancé el paseo marítimo escuché algo muy extraño, o más bien no escuché, porque lo verdaderamente chocante allí era ese silencio aterrador y absoluto: ¡no podía oír el romper de las olas!
Me dirigí hacia la playa y caminé por la arena en dirección al océano, hacia las tinieblas, dejando bastante atrás las luces que iluminaban la ciudad, pero no conseguí encontrar la orilla, ni siquiera había humedad.
Estaba tan conmovida que no reparé en que en mis inmediaciones reinaba una oscuridad absoluta... hasta que fue demasiado tarde.
Casi sin darme cuenta me despeñé por un pequeño precipicio rocoso: el golpe fue tan brutal que creí sentir como se rompían varios huesos de mi cuerpo.
Durante los minutos en los que yací en el fondo de aquella oscuridad el único pensamiento que llenaba mi aturdida mente era que había llegado el fin.
Pero por extraño que parezca, a pesar de todas esas desagradables sensaciones, no sentía dolor. Al principio eso me alarmó aún más, porque creí que con el golpe me había dañado la médula o algo así, pero poco a poco comprobé que podía moverme, hasta que logré incorporarme con una cierta prudencia.
¿Qué había ocurrido con el océano? Me encontraba en lo que había sido el fondo de este apenas unas horas antes y ni siquiera quedaban vestigios de una sola gota de agua en el lugar.
No podía ver nada, nada salvo una luz que destacaba a una distancia indeterminada en dirección hacia lo que antes había sido mar adentro. Así que caminé hacia ella con la esperanza de encontrar a alguien, no sé si durante horas o días, a veces arrastrando los pies sobre una fina arena, a veces sobre duras rocas. Sorprendentemente no me sentía cansada, pero cuando en uno de aquellos pasos se me dobló un tobillo caí de bruces sobre un terreno pedregoso y abrupto. Lentamente me incorporé hasta quedar sentada sobre el suelo y me descalcé.
El terror que había sentido hacía apenas unos instantes dio paso a una insólita sensación de asombro, no solo ante aquella lúgubre situación, sino ante la inexplicable ausencia de dolor a pesar de las violentas caídas. La única explicación que se me ocurrió entonces es que dicha ausencia era causada por toda la adrenalina que en aquellos momentos debía bullir por el interior de mi cuerpo. Me toqué el tobillo esperando sentir la hinchazón, pero no noté nada diferente, así que me incorporé y continué mi camino descalza.
Cuando finalmente alcancé mi objetivo me quedé estupefacta por aquella imagen casi imposible. Aquellas luces pertenecían a una embarcación que había caído sobre el fondo marino y yacía de costado, ofreciendo la vista de su cubierta iluminada por focos artificiales. Eran los restos del naufragio más absurdo y enigmático de la Historia, abandonados en el fondo de un mar inexistente y a causa de la inexplicable desaparición de este.
***
—¿Ya está? ¿No has escrito más?
—De momento no.
—¿Y qué pasa con Casandra? ¿Lo has pensado ya?
—No suelo premeditar lo que escribo.
—¿Entonces improvisas sin más?
—No exactamente, simplemente cojo el lápiz mientras estoy en ese limbo que existe entre el sueño y la vigilia, y escribo mis ensueños antes de olvidarlos. Esta noche he visto a Casandra tan claro como te estoy viendo a ti y la he seguido por su mundo. Después he visto como lo escribía todo en esa libreta que nombra en uno de los primeros párrafos, y entonces he despertado. Puede que otra noche vuelva a soñar con ella y pueda seguir con su historia o puede que no. Lo único que sé es que si no lo hubiera escrito recién despertado todo hubiera caído en el olvido.
—¿Y por qué antes me has dicho que no era una catástrofe si ni siquiera lo sabes?
—No he dicho que lo supiera, solo he dicho que las impresiones suelen ser engañosas.
—Bueno, ya que dices que has visto a esa Casandra tan claro como me ves a mí espero que no sea demasiado guapa, no me hace gracia que sueñes con otras —dijo medio en broma.
Poco después salimos a desayunar y a continuación nos dirigimos a una de las playas cercanas al hotel. Nos embadurnamos de crema protectora solar, nos dimos un chapuzón y nos tumbamos perezosamente bajo una sombrilla.
Mientras un irresistible sopor me invadía y mis párpados comenzaban a pesar, pensé en lo interesante que sería volver a soñar con Casandra y darme cuenta de que estaba soñando... sí... me encantaba la mezcla de dominio y asombro que me embargaba cuando tomaba conciencia de que estaba en un sueño...
Y vi a Casandra morando en su mundo eternamente oscuro y solitario, sentada en la terraza de un bar, en una calle iluminada artificialmente. Seguía escribiendo su historia en aquel cuaderno.
Miró su reloj, que continuaba marcando las 00:07 y comenzó a reír de manera histérica.
Entonces sucedió que comprendí, o creí comprender, que aquello pertenecía a mi propia mente y aquel sueño vivido se convirtió en lúcido. Seguramente fue por eso que dejé de ser un mero espectador incorpóreo y comencé a formar parte del sueño.
Casandra me observó durante unos interminables segundos con una expresión que combinaba miedo, incredulidad y demencia a partes iguales. Sin dejar de mirarme se levantó de la silla y caminó hacia mí. Cuando se encontraba a apenas un paso extendió la mano rozandome la mejilla con la punta de sus dedos de forma temblorosa y tímida.
—¿Eres real? —dijo casi sollozando—. ¿No estoy sola?
Casi sin darme tiempo a responder me dio un abrazo como nunca me lo habían dado, haciendo que aquel sueño comenzara a parecerme hiperrealista. Durante aquella momentánea unión pude sentir toda la angustia, desasosiego y desesperación a la que había sido sometida, pero también percibí el sincero alivio que mi presencia, la simple presencia de otro ser humano, estaba suponiendo para ella.
La causa de lo que sucedió a continuación es algo que no he llegado a comprender del todo, supongo que para mí solo era un sueño mientras que para ella yo era el único hombre que quedaba en la Tierra. La cuestión es que nos vimos arrastrados por un apasionado frenesí erótico que nos llevó a caer rodando por el suelo, derribando todo el mobiliario de la terraza que se ponía en nuestro camino, mientras nos arrancábamos la ropa. No era la primera vez que me veía envuelto en un sueño erótico, pero créeme si te digo que jamás había tenido uno tan real. La culminación de aquello fue como volar desde aquella lóbrega calle hasta la cumbre de una montaña que en ese momento estalló, convirtiéndose en un violento volcán.
Quedamos exhaustos durante unos minutos, hasta que finalmente Casandra rompió el silencio:
—No sabes cuánto me alegro de haberte encontrado. ¿Sabes si hay alguien más?
—He estado contigo desde que empezaste a escribir en ese cuaderno, y aunque este es mi sueño lo único que sé es lo que has puesto ahí. Dime, ¿qué representas en mi mente? ¿Qué pretende mi subconsciente con todo esto?
Me miró con ademán compasivo y respondió:
—También debes haber pasado mucho tiempo solo, como yo al principio de esta locura has creído que todo es un sueño. Debo llevar años vagando por este descabellado mundo sin lógica ni razón. ¿Cómo se explica que sigamos vivos si todo el agua y los alimentos han desaparecido? Y aunque echo en falta poder saborear una buena comida, desde que pasó esto no he sentido hambre ni sed. Tampoco he conseguido hacerme daño, es imposible romperse algo y mucho menos suicidarse. Además, los objetos son irrompibles, pero las máquinas no funcionan, salvo las que emiten luz, que se han convertido en focos perpetuos. A pesar de todo, esto es demasiado real para ser un sueño.
—Pero lo es, y tú eres una sombra de mi mente, un personaje. Si no intenta dar otra explicación, según escribiste en ese cuaderno estudias física, ¿no?
—¿Cómo sabes eso?
—Ya te he dicho que he visto todo lo que escribías.
—Entonces no sabes nada, solo he plasmado el principio en ese cuaderno...
—No importa, la cuestión es que no hay fenómeno físico que justifique esto. Todo es tan descabellado que la única conclusión posible es que sea un sueño. ¿O acaso puedes ofrecer una explicación mejor?
Casandra miró a su alrededor con ademán dubitativo y respondió:
—Es como si las leyes de la termodinámica funcionaran a medias, pero por lo que sé eso es imposible. El problema es que yo me considero real, por lo que si se tratara de un sueño tú solo serías un personaje, sin embargo insistes en que esto es tu sueño. ¿Y si ambos fuéramos reales? ¿Cómo iba a ser esto un sueño?
—Normalmente cuando tomo conciencia en los sueños puedo modelar el entorno hasta cierto punto. Te daré una prueba, o mejor dicho me la daré a mí mismo, de que el personaje eres tú, y de que ahora estoy durmiendo.
Busqué objetos a mi alrededor para hacer lo que sabía que podía hacer cuando tomaba conciencia durante mis sueños. Detuve mi mirada sobre una de las mesas y me concentré en ella con la idea de transformarla en otro objeto, pero en lugar de eso se desvaneció poco a poco convirtiéndose en un espectro y desapareciendo completamente.
No era el resultado esperado, pero con aquello creí demostrarme a mí mismo que me encontraba en alguno de mis enrevesados mundos oníricos.
Casandra se puso en pie y dijo mientras echaba a correr:
—¡Eres uno de ellos!
—¿Qué quieres decir con eso...?
Di un salto que me llevó casi volando hasta caer de nuevo frente a ella.
—Quiero comprender el significado de esto, no huyas.
Cuando intentó escapar de nuevo la sujeté como pude mientras trataba de tranquilizarla.
—Te juro que no sé a lo que te refieres con lo de “ellos” y que no quiero hacerte daño.
Me miró durante un segundo y después se zafó con un movimiento tan brusco que casi me derriba.
—Eso que has hecho solo se lo he visto hacer a ellos.
—Aquí estamos tú y yo, no hay nadie más. Lo he hecho para demostrarte... demostrarme a mí mismo sin ninguna duda que estoy soñando.
­—Pues te equivocas, porque si estuvieras soñando yo no sería real, y te aseguro que lo soy.
—¡Venga ya! Ahora mismo estoy tumbado en la playa, junto a Andrea.
—Sí, y yo fumándome un cigarrito en el váter, ¿no te jode? Los dos somos víctimas de algo desconocido... sea lo que sea.
—Esto me está cansando. Voy a cambiar de sueño o a despertar.
Cerré los ojos, apretando los párpados con fuerza, pero cuando volví a abrirlos nada había cambiado y Casandra me seguía mirando con expresión incrédula. Probé con el clásico sistema de pellizcarme, sentí como mi piel se estiraba, pero absolutamente nada de dolor.
—Quiero despertar.
—Déjalo, no sirve de nada, si como dices esto es un sueño debe ser eterno... a lo mejor estamos en el más allá.
Después de decir esto su mirada quedó fija en algo que estaba a mis espaldas.
—¡Sígueme, rápido! —exclamó mientras entraba en el interior del local, al que aparentemente pertenecían las mesas y sillas que habíamos derribado, y saltaba detrás de la barra.
La obedecí sin hacer preguntas, pero mientras lo hacía pude ver por el rabillo del ojo que varias formas luminosas se movían en la lejanía, casi al final de aquella solitaria avenida.
—¿Qué es eso? —pregunté en voz baja mientras me escondía a su lado.
—Si solo sabes lo que puse en el cuaderno no sabes nada... A veces por este mundo se mueven seres que no sabría ni como empezar a describir, pero ahora no es momento de hablar.
No sé si estuvimos allí varios minutos o varias horas aguardando, porque indudablemente un profundo misterio flotaba en el ambiente de aquel mundo, algo que impedía al cerebro calibrar el paso del tiempo con objetividad, algo similar a lo que ocurría en el legendario intramundo de Pellucidar.
Finalmente me asomé despacio y miré en dirección a la puerta, y en principio no distinguí nada anormal, salvo la calle vacía. De pronto el nivel de luz se elevó, como si hubieran encendido una docena de bombillas, y a continuación vi pasar a la criatura más quimérica que mis ojos habían contemplado nunca.
Era una especie de masa que se sostenía por numerosas patas, alcanzando una estatura que doblaba a la de cualquier ser humano, pero lo verdaderamente insólito es que parecía estar hecha de luz a pesar de que no deslumbraba. Era transparente, con una apariencia casi incorpórea, pero su irradiación era suficiente como para iluminar todo lo que había a su alrededor.
Quedé tan sobrecogido por aquella visión que no noté como Casandra tiraba de mí para que me agachara. La criatura se detuvo frente a la entrada y dobló sus patas para traspasarla, pero en lugar de eso se quedó inmóvil bajo el dintel de la puerta. De pronto levantó dos de aquellos apéndices, que parecían funcionar a modo de patas tremendamente flexibles, y con la velocidad de un rayo los proyectó contra nosotros haciendo que cuadruplicaran su tamaño y nos atraparan enroscándose alrededor de nuestros cuerpos como si de dos enormes serpientes pitón se tratara.
***
Desperté con la respiración agitada mientras mi corazón parecía luchar por mantenerse en su sitio.
A esa hora del día el sol lo bañaba todo, puede que aquella luminosidad se filtrara a través de mis párpados para crear el espectral monstruo con el que acababa de soñar. Aún así la luz de la que parecía estar hecho era muy diferente de la diurna. Escuché el romper de las olas en la arena y respiré hondo sintiendo el olor de la brisa marina. Definitivamente aquellas sensaciones eran muy diferentes de las del tétrico mundo del que había despertado.
Andrea estaba tumbada a mi lado, se sentó sobre la estera y dijo mientras me miraba por encima de las gafas de sol:
—¿Qué pasa? Tienes mala cara.
—Una pesadilla.
Narré el curioso sueño que acababa de experimentar, pero omitiendo el detalle de mi encuentro sexual con Casandra.
—Lo raro ha sido que no podía despertar, normalmente cuando tomo conciencia de que estoy en un sueño me cuesta mantenerme en él, pero esta vez me he sentido encerrado.
—Lo que pasa es que te estás obsesionando con tus sueños, disfruta de las vacaciones y no pienses más en ello —mientras decía esto se tendió bocabajo y continuó—. Ponme un poco de crema por la espalda.
El resto de la mañana hice todo lo posible por no dormir. Paseamos por la playa hablando de cosas triviales y nos dimos algún que otro chapuzón. Al final decidimos almorzar en la terraza de uno de los bares que circundaban el paseo marítimo, y para cuando nos habíamos sentado el recuerdo del sueño se había tornado una sombra difusa.
Andrea se levantó con el pretexto de ir al servicio. Durante su ausencia paseé ociosamente la vista, hasta que esta se detuvo en una mujer que se encontraba sentada en uno de los veladores y que me mirada fijamente.
Mi primera impresión fue esa especie de flash que se tiene cuando crees conocer a alguien, pero que en ese momento tu mente no consigue decirte de quién se trata. Aunque dicha impresión se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, porque al instante todos los recuerdos del sueño se hicieron presentes. Ahora no tenía ninguna duda de que esa persona era Casandra.
Si aquella mujer había estado por la zona puede que el día anterior reparara en ella inconscientemente y por eso apareció en mi sueño, ¿qué otra explicación podía haber? Además, cuando me fijé en ella con más detalle me percaté de que tenía unos treinta y muchos o cuarenta y pocos años y no los veintitantos de la chica de mi sueño.
A pesar de los argumentos que mi propia mente racional urdía no dejaba de inquietarme el hecho de que me mirara tan fijamente, y menos aún cuando se levantó y se dirigió hacia mí.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Yo asentí nerviosamente, y un instante después la tenía sentada frente a mí.
—Es increíble —dijo sin apartar la mirada de mi rostro.
—¿No... nos conocemos?
—Claro que nos conocemos. Sé que sonará un poco raro, pero para mí han pasado veinte años, sabía que ibas a estar aquí por la información que me diste entonces, aunque puede que para ti eso todavía no haya pasado —buscó en su bolso hasta que encontró un bolígrafo y escribió algo en una servilleta de papel que dejó sobre la mesa—. Debemos hablar tranquilamente, por favor, búscame después de medianoche en la dirección que he apuntado.
Sin mediar más palabra se levantó y desapareció de mi vista, pero por más que miré a mi alrededor no conseguí averiguar en qué dirección se había marchado.
¿Acaso había tenido un falso despertar y todavía continuaba soñando? Tomé el trozo de papel y miré la dirección escrita en él con escepticismo, guardándolo un instante antes de que Andrea apareciera de nuevo.
—¿Qué pasa? Si hubieras visto un fantasma no pondrías una cara peor.
Por un momento dudé sobre si debía contar lo que acababa de suceder, pero temí que creyera que me estaba volviendo loco, así que le dije que estaba un poco mareado e hice como si nada de aquello hubiera pasado. Sin embargo mis pensamientos no conseguían alejarse de todo aquel asunto. ¿Cómo hubiera podido olvidar aquello sin más?
Sin duda Andrea percibía algo extraño en mí, porque a lo largo de aquella tarde me preguntó en varias ocasiones si todo iba bien, pero fui incapaz de hablar del tema, ¿qué hubiera pensado? Ese día yo mismo estaba dudando de mi cordura.
Después de comer volvimos a la playa, donde permanecimos hasta poco antes del ocaso, cuando regresamos al hotel para prepararnos y salir a cenar. Más tarde entramos en un par de locales y tomamos algunas copas, pero con la excusa de que me sentía cansado hice que volviéramos pronto al hotel.
Cuando Andrea fue vencida por el sueño me vestí con todo el sigilo que pude y salí a hurtadillas de la habitación. Bajé a recepción y pregunté sobre la dirección que aquella misteriosa mujer me había dejado escrita. Por suerte desde el hotel quedaba a unos diez minutos a pie, así que me dirigí hacia el lugar en cuestión.
Se trataba de una avenida muy transitada, pero el número apuntado en el papel parecía corresponder con la entrada de un local abandonado hacía mucho. El único acceso era una puerta que se encontraba al final de unas escaleras que bajaban varios metros hacia las tinieblas. El lugar estaba abandonado y sucio, y por el olor no cabía duda de que aquel tramo de entrada era frecuentemente usado como retrete público.
“¿Qué estoy haciendo aquí?” me preguntaba con cada paso mientras bajaba recelosamente, al tiempo que mis pies aplastaban cosas que no alcanzaba a ver. Unos pasos sonaban como cristales rotos, mientras que en otros las suelas de mis zapatos se deslizaban ligeramente como si patinaran sobre algún tipo de mantequilla gelatinosa.
Cuando finalmente alcancé el último tramo de la escalera mis manos dieron con una reja metálica que bloqueaba el acceso a la puerta, pero al moverla comprobé que se plegaba hacia un lado casi sin resistencia. Un estridente e irritante eco metálico se abrió paso por las tinieblas cortando aquella viciada atmósfera.
Ahora me encontraba frente a la puerta. Tanteé buscando algún pomo o picaporte, pero el ligero empujón que le di al intentarlo bastó para que se abriera emitiendo un leve chirrido. Un tenue resplandor se filtraba a través de la hendidura que dejaba la puerta entreabierta. Me asomé con el sigilo de alguien que desea y a la vez teme descubrir un oscuro y profundo secreto.
La luz procedía de una gran linterna con lámpara fluorescente que estaba sobre una mugrienta mesa y que iluminaba buena parte de la estancia, dejando ver que antaño aquello había sido una especie de sala de fiestas, pero que ahora se encontraba muy deteriorada. Se podría decir que era imposible andar sin que alguna tela de araña se adhiriera a cualquier parte del cuerpo.
Apenas traspasé el umbral una voz me sobresaltó:
—Aquí comenzó todo para mí.
De la oscuridad emergió el rostro de Casandra. Se acercó y me besó suavemente en la boca, después me miró durante unos segundos antes de continuar:
—Tenemos que aclarar muchas cosas. ¡Me gustaría hacerte tantas preguntas! Claro que supongo que tú también a mí.
—¿Preguntas? No sabría ni por donde empezar… Es fascinante descubrir que alguien que creí un personaje existe de verdad. ¿Quién eres? ¿Cómo has entrado en mis sueños? ¿Por qué me has hecho venir hasta aquí?
—Mi nombre es Casandra, creo que ya lo sabes. La segunda pregunta es más difícil de responder, pero lo intentaré. En cuanto a por qué aquí ya te lo he dicho: es donde empezó todo para mí.
—Supongo que este era el lugar en el que trabajabas hace veinte años.
—Sí, aquel día no comprendí nada. Y no es que ahora tenga todas las respuestas, pero entonces pensé que el mundo había acabado. Hasta que apareciste tú y me ayudaste a escapar.
—¿Escapar? ¿De dónde?
—Todo a su tiempo, porque cuando escapé seguía sin tener ni idea. Es complicado de explicar, digamos que después de estar perdida durante años volví al mismo instante en que todo empezó, aquí mismo, como si aquello hubiera sido una ocurrencia instantánea de mi mente. Al principio estuve tentada de tomarlo todo como un sueño, pero me resistí a ello, y el asunto nunca dejó de obsesionarme, a pesar de que seguí adelante con mi vida, terminé mis estudios y conseguí dedicarme a la investigación. Bueno, no te aburriré con detalles biográficos. La cuestión es que ahora estoy al frente de un ambicioso proyecto. Al principio no se me ocurrió relacionarlo con lo que pasó, hasta que el otro día te vi, entonces parte del rompecabezas comenzó a encajar.
—¿Qué clase de proyecto?
Casandra vaciló unos segundos antes de responder:
—Digamos que su principal objetivo es el teletransporte, aunque las consecuencias ya ves que han sido imprevisibles.
—No lo entiendo, no sé si creerte. ¿Teletransporte? Aunque algo así fuera posible, ¿qué tiene que ver con lo que nos está pasando?
Casandra esbozó una sonrisa y continuó:
—Bueno, no es fácil resumir este asunto, pero trataré de ser breve y clara. Verás, el quid de la cuestión está en que el teletransporte no es viable en la forma en que estamos acostumbrados a ver en la ciencia ficción: desintegrando un objeto, transmitiendo información y construyéndolo en otro lugar. Si hiciéramos eso, al intentarlo con un ser consciente, lo mataríamos para crear una copia de él, y en alguna parte del proceso se perdería para siempre su conciencia.
»A pesar de esto, finalmente creímos dar con una solución. Al parecer había que enfocar el problema de otra manera, así que partimos de la base de que la realidad solo es una construcción de nuestra mente, una especie de sueño consensuado. Por lo tanto, para conseguir el verdadero teletransporte, se hacía necesario llegar a la misma esencia de la existencia: a la conciencia, e indagar sobre el papel de esta en la construcción de la realidad.
»La idea es que el espacio y el tiempo tal como los concebimos son una ilusión, eso sí, una ilusión basada en información real que es compartida por toda una red de conciencias. Así que la solución radica en alterar dicha información, de esta manera la realidad sería reconstruida para que la ilusión de que el objeto teletransportado llega al lugar de destino sea completa.
—¿Me dices que esto es una ilusión? —dije mientras golpeaba con mis nudillos la polvorienta mesa sobre la que estaba el fluorescente.
—En realidad el universo es un holograma, algo parecido a un juego de ordenador. Cuándo te mueves por una realidad virtual el espacio se va construyendo para ser visualizado por una pantalla desde el punto de vista del jugador, pero ese espacio no es real, ni siquiera el movimiento, solo es información. La diferencia radica en que desconocemos el soporte (si es que existe) de la información que constituye el universo, y que en lugar de ser procesada por una máquina es procesada por una red de conciencias, de esta manera estas conciencias generan los mundos en los que paradójicamente quedan atrapadas.
—Perdona mi ignorancia, pero ¿qué aplicación práctica pueden tener ideas tan abstractas?
—Verás, desarrollamos unas cámaras completamente aisladas y experimentamos con animales, bombardeando sus cerebros con distintas frecuencias de pulsos binaurales. Aparentemente no ocurría nada, claro que ellos no podían hablarnos sobre sus vivencias, así que finalmente conseguí permiso para experimentar conmigo misma, y cuando lo hice siguió sin pasar nada de nada.
»Pero poco después te vi y comprobé con total certeza que lo que me había ocurrido veinte años atrás no había sido una locura, sino sencillamente que el experimento había actuado sobre mi mente de forma regresiva, y había operado a niveles donde, como ya he dicho, el tiempo no existe como nosotros lo concebimos. No sé por qué alteró precisamente aquel momento de mi vida, pero así fue. El intento de teletransporte fracasó y mi mente rehizo una realidad incompleta y adulterada en la que se perdió completamente la socialización con otras conciencias.
—Todo eso está muy bien, pero ¿qué pintan mis sueños en todo esto?
—Los sueños tienen que ver mucho con el proyecto. Mientras estos se producen la conciencia reconstruye la realidad de otra forma, puede que creando nexos con otras conciencias con las que no tiene contacto durante la vigilia.
—Pero los sueños son fantasías.
—Verás, cuando se mide la actividad cerebral mediante electroencefalograma, en una persona que está imaginando se activan unas áreas concretas del cerebro. Digamos que si te imaginas a ti mismo escalando una montaña funcionarán ciertas partes de tu cerebro. En cambio si sueñas que estás escalando una montaña no se activarán dichas áreas de la imaginación, sino las mismas que se activarían si estuvieras escalándola durante la vigilia. Esto me dio la idea de que de alguna manera lo que verdaderamente hacemos cuando soñamos es captar realidades alternativas. La mente puede construir la realidad de distinta manera a partir de la información procedente del mundo cuántico.
—Lo siento, pero no soy capaz de creerme eso. Si en un sueño me lanzo por un precipicio puede que salga volando o puede que me estrelle contra el fondo, y al hacerlo a lo mejor sigo soñando o a lo mejor no, pero no moriré, como mucho me despertaré en mi cama con un ligero sobresalto.
—Hablamos de realidades distintas, a veces con leyes naturales tan diferentes que escapan a nuestro sentido común, incluso en algunas de estas tu mente crea las normas. Además, ¿quién te dice que cuando caes en un sueño y despiertas lo que has hecho no haya sido morir en otra realidad? ¿Cómo sabes si la muerte no es más que un despertar más? Aunque esto ya son elucubraciones más filosóficas que científicas.
—Más bien suena como la doctrina barata de una secta religiosa. Además, supongamos que asumo que tú hayas caído en un estado alterado de conciencia a causa de un intento fallido de teletransporte. Eso no explicaría, al menos para mí, que te hayas convertido en una suerte de Freddy Krueger, ni explicaría qué pinto yo en todo esto.
—Ese es uno de los misterios de este asunto, intuyo que cuando comencé a escribir en aquel cuaderno establecí una conexión contigo. Creo que los sueños y las creaciones artísticas en realidad son túneles que conectan conciencias que habitan diferentes realidades. En este caso ocurrió que ese túnel funcionó como una llamada de socorro.
—¿Por qué conmigo?
—No sé, puede que por tu facilidad para tener sueños lúcidos, o tal vez porque haya algún vínculo especial entre nosotros, ¿quién sabe? De todas formas eso ahora no importa, lo primordial es que debes volver para ayudarme a escapar de aquel mundo oscuro.
—¿Y qué hay de esos monstruos de luz que nos atraparon? ¿Qué son?
—Al principio pensé que eran formas de vida autóctonas de esa realidad, pero en ese mundo no puede haber vida, salvo la que se filtra accidentalmente. Allí nada envejece y nada muere, y sin envejecimiento ni muerte no puede haber evolución. Allí tampoco existe una disposición natural hacia el caos: la dimensión temporal de esa realidad no es del todo asimétrica, no tiende a la máxima entropía. Digamos, para entendernos, que el fluir del tiempo es como un arroyo algo estancado, por eso la mente se siente aturdida: falla al calibrar el paso del tiempo y los recuerdos se fijan de una forma bastante tenue.
—Entonces, ¿qué hacían allí esos monstruos?
—¿Quién sabe? ¿Quizás sean viajeros de alguna realidad exótica? Lo cierto es que no lo tengo nada claro.
—¿Y cómo se supone que te ayudaré... o te ayudé a salir de allí?
—Cuando vuelvas a verme, es decir a mi versión más joven, debes de hacerme desaparecer como lo hiciste con aquella mesa en nuestro primer encuentro, es la única forma de morir en ese mundo, entonces regresaré a 1991 y viviré para contarte lo que te estoy contando ahora.
—De todas formas estás aquí. ¿Qué pasaría si decido no hacerte caso? ¿Acaso no sería una paradoja?
—No lo sé, mi memoria me dice que lo hiciste. Pero puede que tú no me rescataras, sino otro onironauta idéntico a ti, procedente de otra realidad... o puede que no tengas elección, que el libre albedrío no sea más que una ilusión y que conocer el futuro no te capacite para cambiarlo.
—¿No has probado rescatarte a ti misma?
—Lo he intentado, pero parece que a la única que he conseguido hacer llegar hasta esa realidad ha sido a mi yo del pasado.
Sin razón aparente la luz de la linterna comenzó a parpadear, primero de forma rápida, haciendo que todos nuestros movimientos parecieran una secuencia de imágenes casi discontinuas. Después el ritmo se ralentizó hasta alcanzar una frecuencia de un segundo.
Todo quedó a oscuras durante un instante, tras el cual volvió a iluminarse parte de la estancia.
Así comenzó algo similar a un latido, el fluorescente se encendía y se apagaba de forma regular, como si un niño invisible jugara con el interruptor.
En uno de aquellos centelleos mis fatigados ojos contemplaron algo muy difícil de describir: era como si la luz no fuera continua, tuve la absurda impresión de que esta era algo sólido que llenaba el espacio plegándose y estirándose para formar misteriosas estrías. Pero cuando creía, o más bien intuía, ver algo las tinieblas volvían a dominar toda la sala.
De pronto todos aquellos bucles incorpóreos que parecían ser emitidos por la linterna en cada latido tomaron una terrorífica forma en mi mente: tentáculos de luz que crecían con cada pulso, como si cada destello fuera un soplo que los inflara cual globos etéreos.
Finalmente la linterna estalló emitiendo un chasquido, pero la estancia siguió iluminada por la horripilante criatura de luz que parecía haber surgido del interior del aparato, como si este, en lugar de ser un simple emisor, fuera una fisura por la que la luz se derramara desde alguna dimensión desconocida, y por la que accidentalmente se colara aquel inverosímil y espeluznante engendro.
—¡Vamos! —gritó Casandra mientras me agarraba del brazo y tiraba de mí hacia la puerta.
Corrimos hasta la salida de aquel lúgubre lugar sin mirar atrás y subimos a toda prisa las escaleras que conducían a la calle. Y a punto estuvimos de conseguirlo, de no ser por algo que se enredó alrededor de mi tobillo derecho, haciéndome caer boca abajo contra el húmedo suelo. Me giré para mirar lo que me agarraba y pude ver varios largos tentáculos de luz que salían de la puerta, por donde asomó la criatura.
Otro de aquellos grotescos apéndices había atrapado a Casandra por la cintura impidiendo que escapara. Esta se afanaba en una inútil lucha hasta que el extremo de otra de aquellas monstruosas extensiones se hundió en su frente como si de una lanza espectral se tratara.
Lo que sucedió a continuación es algo que desde entonces no he conseguido dejar de ver cada vez que cierro los ojos y que ni siquiera sé como describir.
Casandra se convirtió lentamente en luz.
Primero su piel se iluminó durante un corto instante, desprendiendo un halo que se dispersó en una especie de bruma que dejó en carne viva todos sus músculos. Después estos corrieron la misma suerte, dejando visibles huesos, tendones y órganos internos, que finalmente fueron desapareciendo dando paso a la visión de un blanquecino esqueleto que poco a poco mutó en un neblinoso espectro.
Durante un momento aquel ser continuó aprisionando a una versión de Casandra que parecía estar hecha de luz, hasta que terminó por aspirarla completamente a través del tentáculo que un instante antes había tocado su frente.
En esos momentos estaba tan horrorizado que dejé de luchar por liberarme, a pesar de que uno de aquellos mortíferos tentáculos acababa de penetrar en mi cabeza.
Extrañas visiones se atropellaban en mi maltrecha mente mientras podía notar como algo hurgaba en lo más profundo de esta. Cuando sentí que aquel ente trataba de absorber mis recuerdos me resistí con cada fibra de mi ser.
Ignoro lo que pasó, la cuestión es que poco a poco aquel monstruo parecía ir desgastándose, disolviéndose en el aire, dejando tras de sí una neblinosa estela de gas fluorescente, como si se tratara de un cometa que pasaba por las cercanías del Sol. Paulatinamente las presiones en mi tobillo y en mi cabeza fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo.
***
Desperté semitumbado en un diván, al lado del cual se sentaba un hombre que anotaba algo en una libreta.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Se ha alterado bastante, por lo que he tenido que interrumpir la sesión. ¿Cómo se encuentra?
—No lo sé, no he venido a usted para esto. Ya le he contado la historia varias veces.
—¿Después de aquella noche no ha vuelto a tener alucinaciones ni sueños extraños?
—Hace ya seis meses que pasó aquello. En este tiempo he intentado volver al mundo oscuro para ayudarla, pero por alguna razón me ha sido imposible tener un sueño lúcido. Ni siquiera he tenido sueños normales, o al menos no los recuerdo. Lo intenté todo, incluso recurrí al LSD y a la mescalina, pero todo fue en vano. Empiezo a creer que cuando aquella criatura me tocó me hizo algo, sin duda se llevó una parte de mí.
—¿Qué vio exactamente cuando le tocó?
—No sabría describírselo. Yo diría que eran mundos, infinidad de mundos, y al igual que este solo eran hologramas. Sé que es una locura, pero creo que aquellas entidades de luz tienen que ver con el verdadero soporte de la información de todos estos mundos, y que el experimento de Casandra había causado una singularidad que las había puesto en alerta. Aunque solo atisbé una ínfima parte, gracias a que la naturaleza de la criatura le impidió mantener su coherencia en nuestro universo. De no ser así creo que aquello hubiera triturado mi mente.
—Durante los últimos meses su vida ha sufrido cambios muy drásticos: su pareja le ha abandonado y le han despedido de su trabajo. ¿No echa de menos su antigua vida? Lo ha perdido todo por perseguir una fantasía. Debe asimilar que esos seres de los que habla son espejismos, y que nunca ha existido ninguna Casandra. Se trata de una parte de usted mismo que por alguna razón está boicoteando su vida.
—No he venido para que me diga lo que es real y lo que no. Si algo he aprendido de todo esto es que de eso no tenemos ni puñetera idea. No necesito que indague más en mis recuerdos. Lo que quiero es que me induzca un sueño lúcido por hipnosis.
—Mi intención es llegar al fondo de la cuestión para ayudarle.
—Míreme. Cuando paso delante de un espejo soy incapaz de reconocerme, en estos meses he perdido casi veinte kilos y he envejecido diez años, ya casi no recuerdo ver mi reflejo sin estas ojeras negras... Necesito su ayuda para cerrar este asunto. ¿Qué podemos perder? En todo caso no creo que haga daño.
El hombre pareció meditarlo durante unos segundos, y a continuación dijo:
—Está bien, si así le demuestro que todo es un engaño de su mente.
—Probablemente sea así en la realidad que comparto con usted, pero ahora no me cabe duda de que hay tantas realidades diferentes como seres vivos en el cosmos.
—Es un punto de vista interesante. En fin, si le parece podemos comenzar. Póngase cómodo.
Me tumbé e intenté concentrarme en su voz. Después de unos segundos continuó:
—Relaje todos sus músculos... respire muy lenta y profundamente... cierre los ojos y trate de visualizar un tranquilo lago rodeado por árboles que se mecen suavemente por el viento... Ahora contaré hasta veinte, y gradualmente se irá relajando más y más hasta llegar a un estado de profunda relajación. Uno... dos...
»Veinte... Ahora puedes ver a Casandra atrapada en su mundo, pero sabes que solo es un sueño, sabes que...
Paulatinamente la voz de aquel hombre dejó de oírse y me encontré de nuevo consciente de que estaba en un ¿sueño?
Pero el entorno era diferente. Me encontraba en un lugar inundado de luz, de hecho era un vacío que parecía infinito, pero en el que no cabía la oscuridad, ni siquiera una sombra.
Todo el espacio, hasta donde alcanzaba la vista, estaba surcado por una maraña de caminos de luz que se extendían y ramificaban en numerosas dimensiones espaciales. Parecía haber múltiples arriba y abajo, todo era relativo al camino por el que se anduviera.
A veces los senderos tomaban una pendiente de noventa grados o se retorcían colocándose bocabajo respecto al tramo anterior, formando bucles imposibles o paradojas espaciales indescriptibles.
La impresión general era la de estar perdido dentro de un grabado de Escher.
Criaturas de luz similares a las que había visto en el mundo oscuro flotaban estáticas en el vacío, distribuyéndose de forma irregular hasta donde alcanzaba la vista. Pero sus tentáculos ahora no hacían las veces de extremidades para desplazarse, sino que se alargaban en cualquier dirección y de forma desproporcionada, a veces conectándose a otras criaturas cercanas, a veces hasta otras muy lejanas y a veces perdiéndose en la lejanía.
Comprendí que aquellos seres eran en realidad algún género de neuronas. Sin duda formaban parte de una inteligencia inconmensurable. Los límites de aquella descomunal red neuronal debían perderse en un infinito desconocido.
Caminé por uno de aquellos caminos flotantes durante un tiempo indeterminado hasta que pude ver algunas figuras oscuras que aparecían y desaparecían en puntos donde varios apéndices convergían. Tomé uno de los caminos por los que supuse que me acercaría a alguno de estos puntos.
Lo que vi, como todo lo que había en aquel mundo, es difícil de describir.
Digamos que aquellas figuras oscuras eran grietas. Me asomé por una de ellas y vi escenas de diferentes mundos, incluido el mío propio. ¡Grietas abiertas por nuestras lámparas, por las que la luz escapaba desde allí hasta nuestra realidad! ¿Era aquello un universo invisible que estaba aquí al lado o nuestro mundo tan solo era un sueño o una ficción imaginada por aquella macromente?
En otros puntos de convergencia de los “axones” había enormes ovoides de luz, sostenidos por largos tentáculos que se enrollaban a su alrededor, y en cuyo interior había encerradas todo tipo de criaturas que, aunque parecían estar hechas de materia al igual que yo, eran desconocidas para mí. No tengo claro qué es lo que estaba viendo. ¿Se trataba de una especie de zoo cósmico o aquellos seres eran el producto de la imaginación de aquella mente? Si era así aquel universo era tan exótico que la realidad parecía estar construida con luz, mientras que lo imaginado era la materia sólida.
Fue dentro de uno de aquellos ovoides donde encontré a Casandra, de nuevo con el aspecto juvenil que tenía la primera vez que la contemplé en mis sueños. Estaba sentada en una de las paredes mientras escribía algo en su cuaderno.
Su ovoide flotaba a pocos metros del camino por el que yo deambulaba, así que tomé impulso y salté hacia él, atravesando la pared como un fantasma y cayendo junto a Casandra.
No tardamos en abrazarnos con el mismo ímpetu que en nuestro primer encuentro.
—¿Cómo me has encontrado? —dijo.
Antes de darme tiempo a responder la pared de aquel habitáculo comenzó a evaginarse, como si estuviera hecha de goma, hasta el extremo de que un trozo de esta se separó tomando la forma de una de aquellas criaturas de múltiples patas. Aquel ser proyectó sus apéndices hacia mí para atraparme.
Traté de concentrarme en la criatura para hacerla desaparecer. Por un momento pensé que llegaría a funcionar, ya que se quedó inmóvil. Pero aquello duró apenas un instante. Sin darme tiempo para reaccionar recibí un latigazo con tal fuerza que me lanzó por los aires haciéndome rebotar de un lado a otro, arriba y abajo, por todo el habitáculo.
Después de varios golpes quedé tumbado, medio mareado. Me incorporé a medias, miré a Casandra y apunté la palma de mi mano hacia ella, concentrándome en hacerla desaparecer. Tuve el impulso de decirle que me buscara veinte años después en la misma ciudad en que todo comenzó para ella, pero recordé cómo nos encontró aquel ser y lo que le pasaría a ella. Pensé en nuestra conversación sobre el libre albedrío y en la posibilidad de cambiar su futuro.
—¡Nunca me busques, olvídate de mí porque jamás existí, todo esto solo ha sido un sueño! —grité un instante antes de que se evaporara en la nada, como una hermosa versión del gato de Cheshire.
Cuando Casandra se desvaneció aquel ente quedó inmóvil durante un instante, después desapareció fundiéndose con la pared, que quedó oscilando cual lámina flexible.
Traté en vano de despertar, grité que quería salir de allí, me lancé contra la pared, pero rebotaba como si topara con una colchoneta de saltos.
Estaba atrapado, pensando que jamás despertaría, cuando me percaté de que Casandra había abandonado su cuaderno y su desgastado lápiz.
En ese instante recordé la forma en que ella había establecido un involuntario canal de comunicación conmigo mediante aquel objeto.
Así que decidí escribir esta historia con el propósito de establecer contacto con mi mundo, ¿quién sabe si a través de ti?
Tal vez esta noche sueñes con un mundo insólito e inconcebible... si es así espero que me encuentres para ayudarme a escapar.
Tal vez no tardemos en conocernos...