domingo, 8 de diciembre de 2019

Conciencia, Inteligencia Artificial y Transhumanismo


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En los últimos tiempos estamos asistiendo a un auge de la inteligencia artificial, la cual entra cada vez más en nuestro mundo cotidiano, algo que sin duda irá a más en los próximos años.

La programación clásica que llevamos usando durante décadas se basa en operaciones matemáticas y lógicas puras, además de capacidad de almacenamiento de información, cosas en las que incluso nuestras máquinas más primitivas siempre nos han ganado. En cambio, cuando hablamos de inteligencia artificial nos movemos en un terreno que hasta ahora era exclusivo del ser humano: las cuestiones relativas al aprendizaje y al reconocimiento de patrones.


Las redes neuronales artificiales permiten emular hasta cierto punto el comportamiento de las neuronas biológicas, conectándose unas con otras en una estructura de capas y reajustando ciertos parámetros para permitir que la red aprenda, por sí sola o con ayuda, a hacer determinadas cosas, tratando la información de maneras similares a como lo hacen los cerebros biológicos. Aunque dichas neuronas están programadas de forma “clásica” cuando las ponemos en marcha nos permiten generar un comportamiento complejo que va más allá de la planificación con algoritmos; en otras palabras, hay una serie de propiedades emergentes, no programadas directamente, que aunque puedan ser más o menos predecibles nos llevan unos pasos más allá de lo que nos ha permitido la programación clásica.
Red Neuronal, capas ocultas
Esquema muy simplificado de una red neuronal artificial de 15 neuronas, organizada en tres capas.

Las redes neuronales artificiales no son algo nuevo, puesto que los primeros modelos fueron creados en los años 40 del pasado siglo XX. Sin embargo, aumentar el número de neuronas de una simulación exige un cálculo constante para recalibrar las conexiones de cada una de estas, lo cual requiere una capacidad de cálculo que se incrementa exponencialmente conforme se aumenta el número de neuronas. Esto ha hecho que tengamos que esperar décadas, hasta tener máquinas lo suficientemente potentes como para simular redes funcionales y dinámicas.

Aunque las redes neuronales actuales pueden aprender a reconocer patrones y llevar a cabo mejor que los humanos funciones muy concretas, en la actualidad tienen importantes limitaciones: para empezar, una red puede aprender muy bien a hacer determinadas cosas, como reconocer rostros; sin embargo, si la misma red es entrenada posteriormente para otra función, por ejemplo jugar al ajedrez, olvidará todo lo aprendido y perderá su capacidad de reconocer rostros.

En la actualidad las redes aún están muy lejos de acercarse a la plena funcionalidad del cerebro humano, aunque es posible que conforme avance la potencia de cálculo de las computadoras se pueda emular algo similar a un cerebro artificial. Es muy probable que la base computacional de dicho cerebro consista en coordinar infinidad de redes neuronales, combinándolas con bases de datos tradicionales que permitan conmutar las distintas aptitudes aprendidas.

Pero si llegado el momento esto sucede, ¿llegarán estas máquinas a ser conscientes? Esto nos lleva a preguntarnos: ¿En qué radica la conciencia? ¿Podrán los cerebros artificiales ayudarnos a responder esta pregunta?

Si la conciencia es una propiedad que emerge de la propia complejidad del cerebro, es decir, de la “autoorganización” de la materia a través de un largo proceso evolutivo que la lleva a autodescubrirse, entonces la conciencia emergerá por sí misma de las mentes artificiales en cuanto estas lleguen a cierto nivel de complejidad.

Por otro lado hay quien piensa que la conciencia es lo único que verdaderamente existe, siendo el mundo que percibimos un mero reflejo de un mundo real que no podemos llegar a conocer (volvemos al mito de la caverna de Platón). Según esto la conciencia existe por sí misma, pero necesita de un cerebro para interactuar con el mundo “real”. Es una idea interesante, pero no nos sirve para arrojar luz sobre la cuestión de si un cerebro artificial podría llegar a poseerla.
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Representación de un pasaje del relato "La Fisura en el Espejo"

Otro asunto es el miedo que suscita el avance de la inteligencia artificial. Existen infinidad de novelas, películas y videojuegos en los que las máquinas, una vez que toman conciencia, deciden acabar con sus creadores humanos. ¿Hasta que punto podría darse semejante escenario en un futuro posible?

Bajo mi punto de vista es algo poco probable: el cerebro humano se ha conformado después de millones de años de evolución en los que los instintos de conservación y reproducción han sido el eje central. Aunque por supuesto de todo eso surge toda una complejidad que va más allá, nuestro origen biológico y larga trayectoria evolutiva nos hace ser instintivamente peligrosos y agresivos en determinadas situaciones.

Los cerebros artificiales, en cambio, serían creados y entrenados para diferentes funciones que nada tendrían que ver con autoconservación y reproducción. Bajo este punto de vista, el verdadero peligro de la inteligencia artificial sería el mal uso de esta por parte del ser humano, por ejemplo, para aplicaciones bélicas. Una inteligencia artificial dentro de un misil, entrenada para guiar a este hacia su objetivo, no tendría reparos en autoaniquilarse impactando contra su objetivo si ha sido entrenada para ello, ya que este “instinto” sería tan fuerte como el de autoconservación en los cerebros biológicos.

Como ya he dicho, en la actualidad estamos muy lejos de emular algo que se acerque al cerebro humano, aunque en un futuro, si continúa aumentando la capacidad computacional, podría darse el caso de que los cerebros artificiales nos alcanzasen e incluso nos superasen, dejando al ser humano obsoleto. Podemos especular con una sociedad robotizada en la que los seres humanos sean la reliquia de un mundo en extinción, o por el contrario con una sociedad en la que, tal y como pretende el movimiento transhumanista, nos vayamos fusionando poco a poco con las máquinas hasta llevar la evolución de nuestra especie un paso más allá.

Dejando aparte prótesis y órganos artificiales, que también podrían estar dotados de cierta inteligencia para mejorar su eficiencia, en un futuro se podrían implantar en el sistema nervioso central microcomputadoras que emularan numerosas redes neuronales. Se conectarían al cerebro biológico corrigiendo enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer o el Parkinson, supliendo daños en el encéfalo o en la médula espinal debidos a algún tipo de accidente, o simplemente haciéndonos más inteligentes. Quizás esta simbiosis se convierta algún día en algo normal, mejorando nuestras capacidades como especie y aportando a los cerebros artificiales la parte empática y humana que no sabemos si podrían llegar a tener por sí mismos.

Puestos a especular, algo que sería más complicado, tanto desde el punto de vista técnico como filosófico o ético, sería la copia de la estructura de cerebros biológicos, neurona a neurona, al interior de una computadora que emulara el funcionamiento de dichos cerebros. Si algo así llegara a ser posible algún día, ¿qué sucedería con la conciencia en estos casos? ¿Se duplicaría? Podríamos vivir en realidades virtuales donde cualquier cosa sería posible: volcar nuestra mente a diferentes cuerpos, o hacer copias de seguridad de nosotros mismos en lugares seguros. ¿Podría ser esto una forma de inmortalidad?

También podrían usarse las mentes virtualizadas para viajes interestelares: una mente podría quedar grabada en una computadora e iniciar su emulación después de milenios de viaje a través del espacio. Sería en cierto modo una forma de hibernación. Sospecho que de producirse algún día un contacto con una civilización extraterrestre muy avanzada pueda ser con entidades de este tipo.

Especulaciones aparte, la inteligencia artificial es algo que transformará nuestro mundo de maneras que todavía no podemos ni imaginar, algo para lo que la sociedad debe estar preparada y atenta para que se haga un uso que, de ser el adecuado, traerá grandes beneficios a nuestra civilización.

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